Inicio de la Independencia

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Historia Constitucional de Venezuela

Para los estudiosos de nuestra Historia constitucional, queremos mostrar documentos historicos y comentarios interesantes que nos ayudarán a conocer mejor nuestras raices.

sábado, 19 de junio de 2010

Federalismo como sistema político

EL SISTEMA FEDERAL COMO MODELO POLÍTICO-TERRITORIAL DEL ESTADO

INTRODUCCIÓN


El sistema federal como modelo político-territorial del Estado es el tema que nos ha encomendado la comisión encargada de la publicación de este libro homenaje al profesor Manuel García Pelayo, de cuyo legado he tenido la satisfacción de impregnar mi investigación en el área del Derecho Público en las aulas de la Universidad Central de Venezuela. Al plantearnos este tema nos resulta imprescindible destacar que abordar el federalismo en la actualidad es un reto interesantísimo, no sencillo, por cuanto conceptualmente es una institución, figura o forma de gobierno que tiene más de 246 acepciones , y otras muchas clasificaciones y usos. Debemos partir por tanto de la idea de que no existe un modelo único. Ni siquiera hay coincidencia en los autores sobre la noción de federalismo calificado como forma de gobierno, ya que desde el punto de vista orgánico, las formas de gobierno suelen dividirse en república y monarquía y funcionalmente en democracia, aristocracia y autocracia.

Es por esa diversidad y riqueza de la noción de federalismo que hemos decidido acercarnos a él en este trabajo a través de un prisma histórico, observando las constituciones de nuestra vida republicana a partir de 1811. Nos referiremos a algunos elementos comunes a un federalismo o sistema federal, con la intención de vislumbrar, somera y globalmente, cómo se genera y se desarrolla en Venezuela, tratando de distinguir los rasgos de federalismo en nuestro país a través de los años, los diferentes gobiernos y gobernantes.

El modelo del federalismo en Norteamérica constituyó la inspiración de nuestro primer Congreso constituyente en 1811 y luego la idea de federación ha sido una bandera, un estandarte, un desiderátum o una aspiración tanto de legisladores como gobernantes. Se ha entendido la federación o el federalismo como una figura contrapuesta al centralismo, y es por esas aspiraciones de independencia o descentralización de los estados, que nuestro federalismo se torna en una institución o figura particular, por cuanto observaremos que lo que se pretende es lograr una independencia de los Estados con respecto a la capital de la República, pero muchas veces esa autonomía no está programada, ni existen los medios económicos para sustentarla, como es el caso de la prestación de los servicios públicos, en el que muchas veces lo Estados o Municipios no cuentan con los recursos financieros y humanos para su desarrollo y ejecución.

En las últimas décadas se realizaron trabajos importantes para la reforma del Estado, cabe nombrar especialmente la labor de la Comisión para la Reforma del Estado (COPRE) en cuanto al tema de la descentralización, distribución y delegación de las competencias del gobierno central a los gobiernos locales. Observaremos los avances en descentralización surgidos a raíz de reformas legislativas como la Ley Orgánica de Régimen Municipal y La Ley Orgánica de descentralización, ambas reformas en el año 1989, con importantes avances como la elección directa de gobernadores y alcaldes.

Igualmente observaremos como en la Constitución de 1999 se genera un gran avance legislativo porque se consagra, en el propio texto constitucional, a Venezuela como una República federal, sin embargo en la práctica percibimos como el desarrollo legislativo que se genera con la reforma de las leyes para adecuarlas a la Constitución, se aparta del federalismo al crear instituciones de funcionamiento radicalmente centralista. En nuestra opinión, esto viene a formar parte de un total de incongruencias legislativas dentro de nuestra historia constitucional.


I
NECESARIOS ANTECEDENTES HISTORICOS


“El separatismo venezolano estuvo presidido por la constitucionalidad”


Hemos querido comenzar nuestro trabajo con esta frase del maestro Chiossone, como un modo de justificar nuestra postura ante la historia del constitucionalismo en Venezuela, en la que consideramos que la mayoría de las veces la Constitución ha sido utilizada, en toda nuestra vida republicana, como una manera de dar sustento y legalidad a los cambios políticos que el gobernante de turno, militar o civil, a pretendido dar al Estado. Desde 1811 hasta 1999 Venezuela ha tenido 25 Constituciones, casi todas fueron dictadas bajo Presidentes militares, “a excepción de tres: la de 1891, con Andueza Palacios; la de 1947, con la Junta Revolucionaria (gobierno de facto) presidida por Betancourt; y la de 1961, bajo el gobierno constitucional de Betancourt”

Hablar de federalismo en Venezuela nos exige inexorablemente recordar nuestra historia constitucional y detenernos en el hecho de que nuestra primera República nace federal, en nuestra opinión, con aspiraciones de ser federal. Ya desde la primera Constitución de 1811 se establece un sistema de gobierno federal inspirado en el federalismo norteamericano , y en el concepto de separación de poderes aportado por la revolución francesa. “Venezuela es la primera en promulgar, a fines de 1811, su constitución política a semejanza de lo que habían hecho en América los Estados Unidos y en Europa Francia y Polonia. Esta carta es también la primera Constitución que apareció en el mundo español, dictada por un Congreso legítimamente constituido y con carácter nacional. La constitución de 1811 acoge el sistema rígido y adopta para la República el sistema federal de gobierno.”

En Venezuela lamentablemente no contamos con los libros de actas que recogen las discusiones sobre esa primera Constitución de 1811, ellos se perdieron durante la guerra de independencia, sólo tenemos referencia de ellos. De allí que sean limitadas las fuentes para investigar sobre el modo como se fraguan las ideas federalistas en ese primer Congreso Constituyente, pero sabemos que la idea del sistema Federal, como modelo político territorial de Estado surge en nosotros, y se consolida, en esa primera Constitución. Los patriotas que desarrollan una lucha política y que forman parte del grupo de redactores de la Constitución, en su mayoría, son los mismos que combaten las batallas, “Dentro del campo patriota, al mismo tiempo que se hace la guerra, se desarrolla una lucha política entre los que son partidarios de un reformismo, pero dentro de los cauces legales de la tradición legislativa vigente, es decir, propugnando por el establecimiento de una regencia y la convocatoria de unas cortes estamentales, y aquellos otros, plenamente radicales, que hacen tabla rasa de los fundamentos institucionales y que, apoyados por un justismo inicial, establecen, en la práctica una REPUBLICA FEDERAL, que tal es, a fin de cuentas, la junta central, constituida por vocales designados por cada una de las juntas provinciales que habían reasumido, revolucionariamente, la soberanía.” . Por eso podemos colegir que los constituyentes, en su generalidad, eran partidarios de la independencia de Venezuela de la corona Española, pues se constituyeron en Congreso Constituyente, pero entre ellos se da el fenómeno de una doble revolución, la independentista y la republicana. Pero hacer la Constitución sí crean una República nueva, una República que deciden llamar Federal, sin embargo para ello, utilizan las estructuras políticas y territoriales ya existentes, las instituciones de la Colonia, particularmente la Junta Central.

Así como nuestra primera Constitución (1811) se ha llamado “federalista”, observamos que en la segunda, la de Angostura (1819), configura y crea un gobierno centralista. ¿Cómo se da ese cambio en tan pocos años? , muchas respuestas pueden darse a esta pregunta, sin embargo estimamos que la circunstancia histórico-política que sirvió de fundamento nuestras primeras cartas magnas, “la independencia”, es el eje que mueve el pensamiento jurídico-político de los primeros constituyentes, y esa segunda Constitución, aunque diferente y centralista, era obra del Congreso como órgano de representación popular. El Congreso de Angostura no aprueba totalmente el proyecto presentado por Bolívar, sin embargo, la Constitución sí es fruto de los principios Bolivarianos ya que Bolívar era de tendencia centralista, y esto no es un hecho negativo, simplemente significa que el centralismo era la fuerza que necesitaba para libertar cinco naciones.

En Venezuela, durante los años 1810 a 1822, los términos, independencia y Constitución, van de la mano, se identifican. La Constitución de 1811 viene a ser el instrumento legal que justifica la separación de Venezuela con España y que subsiguientemente construye un sistema de Gobierno. Surge la federación como “el intento a armonizar unas juntas provinciales con otras (…) y especialmente el recelo al poder pleno en mano de unas o pocas personas que, sin sujeción a nadie, podía por torpeza, debilidad o traición entregar al país.” Es por esto que consideramos que se establece “Un gobierno federal débil, en lugar de las antiguas formas monárquicas” , de esta manera resulta posible cambiar de un modo flexible los sistemas políticos, y la razón es esta: no se buscan los sistemas políticos como tales, sino que se busca “la independencia”, autónomamente del sistema político.

De esta manera, en la Constitución de 1811, Federalismo significa “que el gobierno central tiene los poderes expresamente delegados, nada más. Los poderes residuales pertenecen a los Estados (Provincias) o al pueblo” .

Los venezolanos de 1811- 1821 quieren la independencia, como también quieren todos los principios del pensamiento liberal europeo y los principios acogidos en la constitución norteamericana: libertad, igualdad, la autonomía, el poder en las manos del pueblo, soberanía, separación de los poderes públicos y todo ello viene a ser contenido en las constituciones que se elaboran. “A partir de la Independencia el panorama constitucional latinoamericano aparece como un inmenso caleidoscopio. Setenta y siete constituciones, proyectos, decretos, reglamentos, declaraciones y actas de veinte países se adoptan o escriben. La inestabilidad política de estos pueblos recién nacidos a la vida independiente, los avatares de la guerra y las pugnacidades de los grupos provocaron constantes modificaciones en las estructuras constitucionales.”
Al prestar atención a la observación de Francisco de Miranda sobre el texto constitucional de 1811, en donde expresa que la Constitución aprobada no se adapta a la circunstancias de Venezuela, entendemos la fragilidad de la estructura jurídica que se plantea y los consecuentes cambios que hemos tenido. Pero consideramos que en ese momento histórico independentista el federalismo era necesario, “con marcada tendencia anticentralista, se definió entonces como viable nuestra andadura en la historia por los cauces del federalismo. En 1811, la República nacía federal o no nacía. La prevención frente a la Provincia de Caracas era tal, que sólo la federación podía garantizar la unidad en torno al afán independentista. Y así se hizo.” Sin embargo el federalismo siempre ha sido un ideal que se ha realizado en la práctica de una manera modesta, porque los gobernantes y los gobiernos han sido de un corte manifiestamente centralistas, en ocasiones hegemónicos, y estos principios no son compatibles ni congruentes con la idea de una nación federal. “Demasiado cuartel hemos tenido y los cuarteleros no han parido ni siquiera una Esparta. La sombra soldadesca que se abate sobre nuestro proceso de pueblo es notoria y llamativa por la cantidad, no por la calidad”.
La Constitución de 1819, que sustituye a la de 1811, es llamada la Constitución de Angostura, porque fue dictada en esa ciudad durante el Congreso de Angostura. Angostura es hoy es Ciudad Bolívar en el Estado Bolívar. Dicha Constitución genera el sistema de estado centralista y repulsa al estado federal, reflejando el pensamiento del libertador puesto de manifiesto en Cartagena, en la carta de Jamaica y en el discurso inaugural al Congreso de Angostura.
La Constitución de 1821, o Constitución de Cúcuta, dictada por el Congreso General de Colombia y promulgada por el presidente Simón Bolívar, es la Constitución de la Gran Colombia. Aparte de su importancia política de querer plasmar el gran proyecto integracionista del Libertador, revela igualmente, “los prejuicios antifederales y pro centralistas del Libertador, ya que en vez de organizar a la Gran Colombia como un Estado federal, lo cual parecería más lógico, dada la vastedad de territorio, prefirió una organización centralista, posiblemente por miedo a los elementos desintegradores y centrífugos que existen en toda federación, sobre todo en sus inicios y en momentos de crisis internas. Siempre quedará la duda de si una solución federal y por tanto, más flexible hubiera hecho más duradero el proyecto del Libertador.”
La Constitución de 1830 es sancionada por el Congreso Constituyente en Valencia y promulgada por el presidente José Antonio Páez. Es una de las constituciones más importantes que ha tenido Venezuela por su vigencia de 27 años. Establece un sistema centro-federal, pues aunque consideraba al Estado como unitario, centralista, daba a las provincias que lo componían considerable autonomía, con una Asamblea o Diputación provincial electa por los cantones que componían a cada provincia, con facultades de proposición en el nombramiento o designación de los gobernadores de ellas y en los miembros de las cortes superiores de los distritos judiciales en que a estos fines se dividió la República. El sistema electoral continuó siendo indirecto y censitario. Se mantuvo como en toda la historia constitucional del país la división de poderes, con un sistema presidencialista, pero prohibió la reelección inmediata del presidente de la República. El Poder Legislativo se mantuvo bicameral. Consagra en materia territorial el principio de que el territorio de Venezuela es el mismo que correspondía a la capitanía general de Venezuela antes de la transformación política de 1810, conocido con el nombre de uti possidetis juris y que es el que, con variantes de redacción, han consagrado hasta hoy todas las constituciones posteriores de Venezuela. Instituyó un órgano que denominó Consejo de Gobierno, con funciones consultivas y electivas ya que en algunos casos elegía a los vicepresidentes de la República. Esta institución apareció y desapareció en las diversas constituciones del siglo pasado hasta su definitiva desaparición el año de 1914. En 1999 la Constitución vuelve a incluir la figura del Vicepresidente.
La Constitución de 1857 sancionada por el Congreso y promulgada por el presidente José Tadeo Monagas, su objetivo político circunstancial era el de permitir la reelección inmediata y satisfacer así sus aspiraciones. Centraliza totalmente la organización del Estado, ha sido la constitución más centralista de cuantas ha tenido la República.
La Constitución de 1858 sancionada por la Convención Nacional en Valencia, promulgada por el jefe provisional del Estado, general Julián Castro, amplía la autonomía de las provincias, estableciendo la elección directa de los gobernadores; las legislaturas provinciales eligen a los miembros de la Corte Suprema de Justicia y a los de las cortes superiores; organizan los cantones y parroquias en su jurisdicción. La Constitución es de corta vida, pues casi de inmediato estalla la Revolución Federal.
Oportuno es recordar también, que a raíz de las ideas de federalismo, se genera en Venezuela (1859-1863) la llamada guerra federal, guerra larga o guerra de los cinco años. Es una guerra civil, que no ocupa todo el territorio nacional, pero que es considerada como la guerra civil más devastadora después de la independencia. Los del partido liberal, o liberales, son llamados federalistas porque reclaman la igualdad y la autonomía de las provincias frente los conservadores u oligarcas quienes mantenían un sistema de latifundio con las estructuras coloniales españolas.

Entonces, como ahora, las leyes contienen el desiderátum del pueblo, el deber ser, el ideal de sistema de gobierno; pero la ejecución de las mismas, la práctica no se corresponde a la letra. La ley resulta insuficiente si no existe la voluntad política de ajustarse a ella y la disciplina del ciudadano por aceptar su contenido en búsqueda del bienestar colectivo, la justicia, la paz. En el inicio de la Guerra Federal, en Coro se hace un “Manifiesto inicial de la Federación”, proclamado por el Coronel Tirso Salaverria, Jefe provisional de la plaza de Coro y de las tropas federalistas. Este manifiesto es expresión de las concurrencias de nuestra historia constitucional, que me permito transcribir en su integridad, porque su contenido puede ser leído hoy con mucha actualidad:

“¡Corianos! ¡Compatriotas!
La revolución de marzo ha sido inicuamente falseada. Atraídos por los encantos de su programa fascinador, concurrieron a consumarla todos los venezolanos; y su triunfo no ha producido otros gajes que el entronizamiento de una minoría siempre retrógrada, siempre impotente en su caída, siempre ávida de satisfacer innobles venganzas. Aceptáronla de buena fe los mismos que, fieles a sus compromisos, sostuvieron el poder recientemente derrumbado; y con criminal violación de las protestas de echar al olvido lo pasado, se les persigue sin causa, y sin fórmula de juicio se les condena a una proscripción indefinida; sin que haya bastado a dar treguas a este abuso la voz de la nación que de todos los ángulos se alzara reclamando la amnistía.
Proclaman la libertad en las elecciones; y nunca las elecciones se han verificado más a expensas de la libertad del pueblo. Invócase como el garante más seguro de la soberanía popular el voto universal en las mismas elecciones; y lo que hemos visto ha sido el escarnio del voto universal, otorgando ese derecho a la fuerza armada sometida a la voluntad de jefes establecidos ad hoc, para llenar los designios proditorios de un club dominador.
Bajo esa tutela depresiva tuvieron lugar las elecciones para la Convención Nacional. ¿Y cuál había de ser el resultado? Otra vez la centralización del poder contra el querer de los pueblos paladinamente manifestado; otra vez el dejar sometida la suerte del país a la voluntad de un hombre y su partido; otra vez el abrir anchuroso campo para perpetuarse en el poder público, uno con algunos, con ultraje de los principios preconizados en esta misma Carta central.
Por fin los abusos consecuentes a tan funesto orden de cosas; por fin las escandalosas infidencias del Jefe provisional del Estado, tantas veces falaz y perjuro cuantas bajo la religión del juramento ha protestado desprendimiento, abnegación y patriotismo; por fin las injusticias y arbitrariedades de sus agentes en las provincias, siempre garantizados con la impunidad, han rebosado la copa de nuestra indignación y roto los diques del sufrimiento para realizar un pensamiento ídolo de nuestro corazón, y que la prudencia nos había obligado hasta ahora a mantener en el terreno de la opinión. Este pensamiento mágico, regenerador; ese símbolo de fe política de todos los venezolanos; ese refugio salvador, único que el cielo nos depara en la deshecha tormenta que las pasiones azuzadas por los desmanes de un poder arbitrario han descargado sobre nosotros, es la reorganización de Venezuela en República eminentemente Federal.
¡Compatriotas! Mi corazón abunda en sentimientos de júbilo que mi débil voz puede apenas explicar. Sin derramarse ni una sola gota de sangre, sin vejámenes ni tropelías de ningún género, sin que nadie pueda lamentar una injuria que de palabra o de derecho le arrogaseis; sin más armas que vuestro valor y sin más esfuerzos que los de vuestras voces, me acompañasteis anoche en la grave empresa de desarmar la fuerza y apoderarnos de las armas con que un esbirro, remedo de gobernador del general Castro, nos oprimiera, y con que se prometía realizar el designio de su amo, de perpetuarse en el dominio del país, a despecho de la voluntad general. ¡Hazaña memorable la vuestra, compatriotas! ¡Arranque de singular patriotismo y valentía! ¡Rasgo espléndido de moderación, de orden y moralidad en medio del tumulto de una ciudad conmovida y en los momentos en que se hallaban a vuestra discreción la vida y la libertad de vuestros propios opresores! ¡Compatriotas! Por el concurso unánime de vuestras voluntades me elegisteis Jefe provisional para la empresa de la santa causa de la Federación en esta Provincia; y heme aquí a la cabeza de este honroso movimiento, resuelto con toda la abnegación del patriotismo, con toda la energía y ardor de un alma libre, con todo el noble orgullo de un militar ciudadano idólatra de su patria, dispuesto a arrostrar alegre y sereno a vuestro lado los azares de la campaña que hoy se abre a nuestros esfuerzos. ¡Feliz yo, camaradas, si como lo espero de la Divina Providencia, triunfáramos de nuestros dominadores! Feliz yo siquiera exhale a vuestro lado mi último suspiro en nombre de la libertad y la Federación de mi patria.
¡Corianos! No temáis. La Federación es el gobierno de todos. La Federación es el gobierno de los libres, y Venezuela obtendrá el lauro de la Federación. No hay un solo venezolano, con excepción del reducido club que hasta hoy nos ha dominado, cuyo corazón no lata de entusiasmo al impulso de esa voz mágica y arrobadora. La República entera está conmovida. Las localidades más importantes han dado simultáneamente el golpe que nosotros, y las demás se aprestan aceleradamente a secundarnos. La opinión nos favorece, la gente de armas nos sobra, y cuantos elementos pudiéramos necesitar están a nuestra disposición. ¡Corianos todos! No desconfiéis de nuestras protestas: no son las de aquel que infiel al gobierno que servía, ha sido más y más infiel a la nación que en mala hora le confiara sus destinos. Nuestro programa exclusivo es la Federación de Venezuela; el medio de realizarlo es la unión de todos los venezolanos; y en consecuencia las distintas y odiosas denominaciones de bandos políticos serán para siempre relegadas al olvido.
¡Viva el movimiento federalista de Coro!
¡Viva la Federación de todas las Provincias de la República!
¡Viva el general Juan C. Falcón, primer Jefe del movimiento federalista nacional!
Dado en el Cuartel General de Coro, a 21 de febrero de 1859.Tirso Salaverría.”
Luego de unas batallas muy cruentas, y tras verse vencidos los conservadores, mediante “el tratado de Coche” firmado en 1863 entre Páez y Falcón, se pone fin a la guerra en la que triunfan los federales y concluye el gobierno de Páez. A partir de este momento nuestra República, con la Constitución de 1864, vuelve a llamarse federal de un modo formal, pero esta muy lejos aún de un autentico federalismo. Esta Constitución sancionada por la Asamblea Constituyente y promulgada por el general en jefe y presidente de la República, Juan Crisóstomo Falcón, es una de las principales constituciones de Venezuela, porque genera una transformación del sistema constitucional venezolano al establecer la forma federal del Estado y acentuar la descentralización político territorial contenida en la Carta de 1858. Aumenta la autonomía de las provincias, que pasan a llamarse Estados y la República cambia su nombre por Estados Unidos de Venezuela. La autonomía comprende lo político, la administración de justicia y las cuestiones locales y municipales. Se separa del modelo norteamericano y se acerca al suizo. Esta Constitución crea un tribunal supremo de la federación, “denominado Alta Corte Federal, que venía a ser un tribunal especial para los asuntos en que fuese parte la nación como demandada, estuviere envuelta la responsabilidad de los ministros del Despacho o de altos funcionarios de los estados federados, existiere conflicto de jurisdicción o competencia entre los empleados de diversos estados, o hubiere colisión de leyes nacionales con las de algún estado federado, o entre las de éste, con facultad para declarar cuál era la vigente.” Desaparece la facultad de la Corte Suprema de declarar la nulidad de los actos legislativos sancionados por las legislaturas provinciales cuando fuesen contrarias a la Constitución. En cuanto a la inconstitucionalidad de las leyes nacionales se establece un sistema de control político, en el que deben concurrir la voluntad del Ejecutivo nacional y la de la mayoría de las legislaturas de los estados federados, salvo, cuando se tratase de actos violatorios de los derechos individuales, caso en el cual no se requiere sino la de esta mayoría. Se inicia el sistema por el cual se requiere la concurrencia de la voluntad de la mayoría de los estados federados, manifestada por medio de sus legislaturas, con la del Estado federal a través de la Legislatura nacional (Congreso o Asamblea Nacional), sistema que no es sino un corolario o consecuencia de todo sistema federal y que desde ese entonces existe en todas nuestras constituciones; aunque debe advertirse que en la de 1864 la normativa es muy esquemática al respecto, mientras que luego se va haciendo más compleja, pero siempre en aplicación del mismo principio de la concurrencia de las voluntades del Estado Federal y de los estados miembros o federados.
La Constitución de 1874, promulgada por Antonio Guzmán Blanco es de corta duración, la sustituye la Constitución de 1881 promulgada también por el presidente Antonio Guzmán Blanco cubren el período de la hegemonía de Guzmán Blanco. El período constitucional se reduce a 2 años de los 4 que, hasta ese momento y siguiendo el modelo americano, había prevalecido, el voto deja de ser secreto, se crea la Corte de Casación aparte de la Alta Corte Federal, para así poder unificar la jurisprudencia de los tribunales, que siguen siendo competencia de los estados federales, aunque para mantener el principio federalista se dice que la Corte de Casación es tribunal de los estados.
La Constitución de 1891, sancionada por el Congreso de los Estados Unidos de Venezuela promulgada por el presidente Raimundo Andueza Palacio, tuvo como objetivo prolongar el período constitucional a 4 años y favorecer así el mantenimiento en el poder del presidente en ejercicio y eliminar el Consejo Federal, volviendo a la elección directa del presidente.
La Constitución de 1893 promulgada por el presidente Joaquín Crespo, vuelve al período constitucional de 4 años, continúa el proceso de centralización del año 1881 y mantiene a la Corte de Casación. Le confiere a la Alta Corte Federal la potestad del control de la constitucionalidad de las leyes y otros actos del poder público nacional.
Las Constituciones de 1901 y 1904 promulgadas por el presidente Cipriano Castro son las constituciones llamadas del castrismo. No contienen ningún cambio fundamental con respecto a las anteriores, introduce la llamada Cláusula Calvo . Se acentuó la decadencia del federalismo, pues se aumentaron y detallaron las competencias del Congreso Nacional y del Presidente de la República.
Luego vienen las constituciones llamadas del gomecismo, promulgadas bajo la dictadura del General Juan Vicente Gómez, son las constituciones de 1909, 1914, 1922, 1925, 1928, 1929, y 1931. En este marco legislativo no podemos comentar ningún aspecto relevante al federalismo porque Venezuela se encontraba sometida a una dictadura. El gobierno estaba dirigido por el general Gómez y no se concentra solamente en un solo poder sino en una sola persona, no había diversificación de medios económicos, cuestión que no ayudaba para el desarrollo de la descentralización; había mucho analfabetismo por ello las posibilidades de realizar una actividad de gobierno local no se mostraba factible. Es con el gobierno del general Eleazar López Contreras cuando se da apertura en Venezuela a un régimen diferente a la dictadura, con posibilidades de crear un puente hacia la democracia con las implicaciones de descentralización y federación.
Las constituciones de 1936, 1945, 1947 y 1953 preceden a la Constitución de 1961, que mantiene el bicameralismo al estilo federal con una Cámara del Senado que teóricamente representa a los estados federados, con igualdad de representación para cada uno, “pero añade la del Distrito Federal, lo cual en principio, es contrario al principio federalista, por ser el Distrito Federal técnicamente una zona neutra a los efectos federales”. Esta Constitución abre posibilidades futuras a un desarrollo federal, pues permite que por una ley pueda otorgarse a los estados la facultad de elegir a sus gobernadores, permite al Congreso, mediante ley que requiere el voto favorable de las dos terceras partes de los miembros de cada Cámara, transferir a los estados competencias nacionales; en materia municipal, proclama la autonomía municipal y abre el camino para un verdadero desarrollo autónomo del municipio, tomando en cuenta las especificidades que ellos puedan tener.
Bajo la forma de Federación, Venezuela se ha movido en un sistema que el profesor Brewer Carías califica como “federalismo centralizado” y “federalismo descentralizado” . Es por ello que en el siguiente capitulo nos detendremos a estudiar algunos de los elementos formales que, en teoría, debe contener un Estado federal.

II
ELEMENTOS COMUNES EN UN
ESTADO FEDERAL

Federación viene del latín foederare, que significa congregar. Como hemos dicho, no existe en la doctrina actual una definición uniforme de federalismo, ni siquiera en la doctrina alemana donde se ha desarrollado el sistema federativo moderno. Sin embargo, podemos aproximarnos a una definición práctica y pudiéramos decir entonces que federación consiste en la realización de una alianza entre varios estados para que, conservando cada uno su independencia y su identidad, conformen uno solo por razones de ayuda mutua, de soporte económico o político. Los miembros de ese Estado federal se autogobiernan, pero se unen y se subordinan a un poder central para la gestión de ciertas competencias esenciales.

Queremos resaltar que, en teoría, la federación ni el regionalismo son elementos esenciales para un Estado constitucional . Recordemos como ejemplo los países donde el sistema de gobierno es una Monarquía constitucional, y se respetan los derechos humanos y políticos de los ciudadanos. Lo que es indefectible para que haya Estado constitucional o de Derecho es el acatamiento a los principios que respetan los derechos humanos, la dignidad de la persona, la separación de los poderes públicos, la justicia independiente. El Profesor Brewer Carias precisa que, en Venezuela, el Federalismo actual consistiría en el “perfeccionamiento de la democracia mediante el reforzamiento de la descentralización política”.

Aunque, como ya hemos señalado, en la práctica el concepto de federación tiene sus elementos propios en cada nación o colectividad , podemos también aproximarnos a su noción determinando, teóricamente, los elementos comunes a toda federación , los cuales, siguiendo el orden expuesto por Brage Camanzano , serían:

1) Un ordenamiento constitucional federal común.
2) Ciudadanía federal.
3) Acogida al principio de separación de poderes.
4) Reconocimiento en la Constitución federal de la garantía de la existencia autónoma de los Estados.
5) Se garantiza un nivel elevado de autonomía política a los Estados miembros.
6) La subordinación de los ordenamientos de los entes territoriales a la Constitución federal.
7) Distribución de las competencias, incluyendo las legislativas (no sólo las ejecutivas).

Se suele prever una “cláusula residual” con una lista de competencias a favor de la Federación (poderes enumerados), quedando las restantes reservadas generalmente a los estados miembros.

Además de los requisitos que exponemos supra, el Profesor Brewer precisa otras exigencias para una forma federal de Estado. Tales son:

a) La distribución territorial de las competencias públicas.
b) La distribución territorial del poder tributario y el régimen de financiamiento de las entidades territoriales.
c) Las relaciones intergubernamentales y la solución de conflictos entre los poderes.
d) La necesidad de la bicameralidad del Congreso.

Dentro del complejo sistema del federalismo moderno podemos encontrar múltiples clasificaciones: legislativo y ejecutivo; simétrico y asimétrico, centrípeto (en cuanto la integración es una meta de integración e igualdad de las condiciones de vida),y centrifugo porque va en función de la autonomía y diversidad de las condiciones de vida como en Alemania; intraestatal que establece la división funcional de tareas según tipos de competencia y fomenta un proceso político basado en “checks and balances” entre los niveles del Estado, y un federalismo interestatal que establece el reparto de competencias según campos de política y separación de poderes.

Existe también la clasificación de federalismo dual, el cooperativo y el competitivo en el que nos vamos a fijar con algo más de detenimiento porque se refieren a los sistemas utilizados actualmente en Estados Unidos de América y en Alemania.

En el federalismo dual los estados se mantienen soberanos respecto de muchas materias tras la unión que ellos crean. Se caracteriza por el hecho de que el Estado Federal y los estados federados están claramente separados, cada uno con sus competencias y responsabilidades claramente definidas y delimitadas en la Constitución: ambas partes son soberanas. Y más que cooperación hay una relación de tensión sobre el mantenimiento del poder. El modelo dual estuvo vigente hasta ya bien entrado el siglo XIX en Estados Unidos que, a raíz de la gran depresión, se instauró el federalismo cooperativo, que insiste en la necesidad de cooperación entre los diversos niveles de gobierno a fin de proporcionar un buen servicio a la población. Esta manera de federalismo cooperativo se atribuye a Morton Grodins y se basa en que los poderes, responsabilidades y funciones no están claramente atribuidos a la Federación o a los estados y los dos niveles de gobierno no trabajan así como enemigos o rivales sino más bien como socios. Este sistema es cuestionado por algunos por considerar que se difumina la responsabilidad. En Alemania se ha desarrollado el principio de la “lealtad federal” que significa la cooperación de los estados (Länder) entre sí y la federación.


III
EL CASO DE LOS ESTADOS UNIDOS
DE AMERICA



Estados Unidos fue el primer Estado que en el mundo se consolido como una federación y se ha mantenido así hasta nuestros días . La federación fue discutida como tal en las reuniones del Congreso Constituyente de 1787 en el que hubo contención sobre este aspecto por considerar que la posibilidad de crear otro gobierno, superior al de cada uno los estados, fuera a limitar la independencia y la identidad de cada Estado. La Constitución surgió como elemento fortificador de los estados ya confederados, producto de la independencia de las trece colonias inglesas. Las colonias se unen en confederación, primero con un documento llamado “Artículos de la confederación” y luego como federación con una Constitución federal que define la estructura y poder del gobierno, aceptando el principio de separación de poderes en las tres ramas: ejecutiva, legislativa y judicial. El poder legislativo, ya en la Constitución, está dividido en dos cámaras: la de representantes y la de senadores.

El Congreso viene a ser la institución que garantiza la participación de cada estado en el gobierno federal, porque el Congreso está compuesto por miembros electos, nominados por las legislaturas de los estados y en 1913 se hizo una enmienda a la Constitución para que los Senadores fueran electos por elección popular.

Cuando los fundadores de la nueva nación redactan la Constitución, piensan en el Congreso como un “centro del poder” que debe integrarse con personas con alta experiencia de cada estado. Es por ello que la primera parte del Artículo I de la constitución (Secciones 8, 9 y 10) provee al Congreso de poderes para aplicar impuestos, para regular el comercio, para declarar la guerra , para realizar tratados internacionales y para enjuiciar al Presidente.

Este sistema federal no se estableció en la práctica de un modo permanente, por cuanto en los primeros años de la nueva nación hubo quienes veían las limitaciones que este régimen traía para cada estado, entonces surgen los llamados “federalistas” y “anti federalistas”. En este debate del Congreso ejerce una influencia importante una sentencia de la Corte Suprema, dictada en 1819, en un caso llamado McCulloch v. Maryland en la cual los jueces de la Corte deciden a favor de los federalistas. Esta sentencia resuelve una consulta de interpretación a la Constitución propuesta a la Corte por el estado de Maryland. Se trataba de definir los poderes del Congreso para crear un Banco Nacional, el Banco de los Estados Unidos. El Juez John Marshall, de corte federalista, decide que fue razonable la decisión del Congreso en crear un banco nacional, para poder asumir y ejecutar sus potestades fiscales. Con esta sentencia se crea la doctrina de los “poderes implícitos”, en donde los poderes del gobierno pueden ser razonablemente delegados. Durante décadas, se utilizó el argumento legal contenido en esta sentencia para fundamentar la extensión de los poderes en el gobierno nacional.

El poder Ejecutivo y el Presidente

Se plantea un problema cuando se pasa de los Artículos de la Confederación a la Constitución, porque en aquella, las funciones del poder ejecutivo se encontraban dentro de las atribuciones del Congreso y porque en cada estado se había ejercido la autoridad ejecutiva en virtud de la larga batalla contra la corona inglesa y sus delegados en las colonias. Los delegados a la convención decidieron que el presidente debe provenir del Congreso, habiendo tenido varios años en servicio, mayor de treinta y cinco años, norteamericano por nacimiento, viviendo en el país por catorce años. Los mismos requisitos se aplican al Vicepresidente.

Poderes presidenciales

Inicialmente la convención confirió al presidente el poder de hacer cumplir las leyes y el veto a las leyes. Más adelante fue instituido como cabeza de las fuerzas armadas y de la marina, se le dio el poder para nombrar embajadores, otros ministros públicos y a los jueces de la Corte Suprema con el consentimiento del Senado. Los tratados internacionales también son aprobados por el Presidente con la asesoría del Senado y la aprobación de las dos terceras partes de los senadores presentes en la votación.

El poder Judicial

El artículo III de la Constitución, relativo al “Poder Judicial de los Estados Unidos” determina la creación de un Tribunal Supremo, y tribunales inferiores, El artículo III no autoriza explícitamente a la Corte Suprema para controlar la constitucionalidad de los actos del Congreso, pero ya en la convención se habían anticipado en el reconocimiento de estas funciones en los tribunales de los estados, que habían decidido casos resolviendo el conflicto de leyes aplicables entre la ley del estado y la Constitución. De aquí que se establezca el principio de la supremacía constitucional.

Enmiendas de la Constitución

En el mismo Congreso constituyente de 1787, los fundadores de la nación estuvieron de acuerdo en la necesidad de un método efectivo para enmendar la Constitución ya que el cambio de “los Artículos de la Confederación” a la nueva Constitución, no habían sido prácticos por cuanto se requería del unánime consentimiento de los Estados. Entonces se estableció, y así permanece en el artículo V, que el Congreso podrá llamar a una convención con el propósito de proponer enmiendas cuando haya sido solicitado por dos terceras partes de los estados. Este sistema es el que ha sido utilizado para realizar enmiendas a la Constitución desde hace más de doscientos años. Las primeras diez enmiendas de la Constitución, que terminaron de ser aprobadas por los estados en 1790 y ratificadas el 15 de diciembre de 1791, es lo que se conoce como “The Bill of Rights”. Dichas enmiendas fueron escritas con el objeto de proteger algunas de las libertades más importantes, tales como la libertad de expresión, prensa, religión. Igualmente para proteger el derecho a la defensa mediante un juicio público y rápido, el derecho a no ser privado de la vida, de la libertad o de la propiedad sin el debido proceso legal.

Desde 1787 la Constitución de los Estados Unidos ha sido enmendada sólo 27 veces, y muchos intentos de reforma han fallido. Pero esto no quiere decir que la Constitución no sea reformable, porque estas enmiendas realizadas han generado una nueva manera de gobernar, por ejemplo, cuando se elimina la esclavitud, se permite que los negros y las mujeres ejerzan el derecho al voto, la elección directa de los senadores o la fijación de un término máximo de dos periodos para el ejercicio de la presidencia.


IV
ÚLTIMAS DECADAS DEL FEDERALISMO
EN VENEZUELA


Como hemos señalado al inicio de este trabajo, Venezuela comienza su vida republicana después de la independencia como colonia española en 1811 siendo constitucionalmente una República federal, pero el federalismo ha sido un desiderátum popular contenido en las constituciones, y que en la práctica no ha podido ejecutarse plenamente por los avatares político militares y también por un centralismo radicado en Caracas, donde se han ubicado las sedes del poder ejecutivo, con todas las cabezas de los ministerios, con la consecuente generación de importantes fuentes de trabajo que han requerido la migración de los pobladores de los estados para la capital. Otro factor importante que influyó en la migración ha sido la educación superior, baste recordar que hasta finales del siglo XX las universidades venezolanas se encontraban ubicadas solamente en las ciudades importantes, y por ello la población creció y se desarrolló en Caracas, y con menor intensidad en Valencia, Maracaibo y Mérida.

Para todos es conocido el cambio económico, social y político que acaece en Venezuela a raíz de la explotación petrolera, especialmente a finales de los 1950, época en la que específicamente se fragua la Constitución de 1961, fruto de un pacto partidista llamado el pacto de Punto Fijo, que viene a regir hasta 1999. Durante estos casi cuarenta años de vigencia de esta Constitución, se desarrolla lo que el Profesor Brewer denomina “centralismo político”, vale decir, que los destinos del país están siendo regidos por dos partidos políticos, que como cualquier sistema de gobierno autocrático, cerraron sus puertas a determinadas partes de la población y esto desencadenó la revolución que se concreta y se desarrolla con la Constitución de 1999. En Venezuela, al igual que en otros países, la revolución surge cuando los gobernantes se cierran y no escuchan las necesidades del pueblo, de todos, de los pobres, de los “ricos”, de las mayorías y las minorías. Pero fuera de las consideraciones político-sociales de nuestro país, hablando en puridad de Derecho, la Constitución de 1961 ha sido el único texto constitucional en Venezuela que ha tenido una vigencia relativamente importante y estable, que por única vez en la historia de nuestro país se ha transmitido el mando en la presidencia de la República entre civiles por elección popular, y se establecieron instituciones democráticas que garantizaban el principio de la separación de poderes. Esto es tan cierto, que por primera vez en nuestra historia, la Corte Suprema de Justicia enjuicia a un Presidente de la República, que cesa en su mandato por el cumplimiento y ejecución de las normas constitucionales. Y todo esto sin guerra, sin golpe de Estado, en un perfecto acatamiento de la normativa respectiva. Podemos decir, sin recato alguno, que los años de vigencia de la Constitución de 1961, fueron las años de oro de nuestro Estado de Derecho, de ahí la importancia jurídico-política de ésta Constitución que ayudó a fortalecer el sistema democrático y que inició formalmente un proceso de federalismo, tal vez tímidamente, como lo requerían las instituciones de la época pero dando la apertura necesaria para una descentralización política, especialmente con el llamado “situado constitucional”, que consiste en una asignación de recursos económicos a cada estado y a cada municipio, que permite una verdadera distribución de los ingresos nacionales petroleros para que en cada región se pueda ocupar directamente de servicios públicos como la educación, la salud, etc.

De esta manera, en las últimas décadas, dentro de la vigencia de la Constitución de 1961, se fraguó un proceso de descentralización con la creación de una Comisión para la Reforma del Estado (COPRE) . Es muy interesante analizar la misión de la COPRE y los trabajos realizados conforme a las necesidades del país. En su momento, la COPRE fue criticada por calificarla de burocrática y lenta. Los críticos no vislumbraron la importancia de la labor que estaban realizando, porque en Venezuela nos gustan los cambios drásticos y violentos, que muchas veces no se corresponden con el sentir popular, con la idiosincrasia del venezolano, con el modo de ser de la mayoría, con el respeto a las minorías. Estudiando los resultados presentados por la COPRE encontramos que a raíz de sus consideraciones surge en 1988 la aprobación de una importante legislación que favorece la descentralización, como es la Ley para la elección de los Gobernadores de Estado, ley ésta que fue reformada en 1989. Hasta entonces en Venezuela, los gobernadores de los Estados eran designados directamente por el Presidente de la República, a partir también de 1989, con la reforma de la Ley Orgánica de Régimen Municipal, se crea la figura del Alcalde y se establece que serán electos por los habitantes del Municipio correspondientes mediante el voto de los ciudadanos que la misma Ley establece como capaces para elegir. Otra innovación en el campo legislativo es la promulgación de la Ley Orgánica de Descentralización de Servicios y Competencias de los Poderes Públicos que distribuye la prestación de algunos servicios asumidos por el poder central en el área de salud, de vialidad y administración de puertos.
La Constitución de 1999, desde su preámbulo, nos habla de un estado federal: “El pueblo de Venezuela, en ejercicio de sus poderes creadores e invocando la protección de Dios, el ejemplo histórico de nuestro Libertador Simón Bolívar y el heroísmo y sacrificio de nuestros antepasados aborígenes y de los precursores y forjadores de una patria libre y soberana; con el fin supremo de refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural en un Estado de justicia, federal y descentralizado, que consolide los valores de la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley para esta y las futuras generaciones; asegure el derecho a la vida, al trabajo, a la cultura, a la educación, a la justicia social y a la igualdad sin discriminación ni subordinación alguna; promueva la cooperación pacífica entre las naciones e impulse y consolide la integración latinoamericana de acuerdo con el principio de no intervención y autodeterminación de los pueblos, la garantía universal e indivisible de los derechos humanos, la democratización de la sociedad internacional, el desarme nuclear, el equilibrio ecológico y los bienes jurídicos ambientales como patrimonio común e irrenunciable de la humanidad”. Luego incluye una disposición donde se declara formalmente que Venezuela es una República federal, en el Artículo 4 señala que “La República Bolivariana de Venezuela es un Estado Federal descentralizado en los términos consagrados por esta Constitución, y se rige por los principios de integridad territorial, cooperación, solidaridad, concurrencia y corresponsabilidad”. Este artículo constituye un avance legislativo importante en nuestra historia constitucional, sin embargo experimentamos, nuevamente, como las situaciones no se resuelven solamente con constituciones y leyes, sino que es necesario que las leyes se acoplen a las realidades nacionales y que exista la voluntad política de ejecutar lo que las leyes prevean para facilitar los mecanismos que permitan implementarlas a cabalidad. Mientras la Constitución prevé un sistema federal de gobierno, se ejecutan restricciones fiscales y se realizan transferencias de competencias del nivel central al nivel local, pero sin asegurar los recursos económicos que permiten su implementación y desarrollo, generando de esta manera un clima de tensión entre el gobierno central y el gobierno local en vez de un sistema de cooperativismo entre ambos gobiernos.
Igualmente observamos que el artículo 185 crea la figura de un Consejo Federal. “El Consejo Federal de Gobierno es el órgano encargado de la planificación y coordinación de políticas y acciones para el desarrollo del proceso de descentralización y transferencia de competencias del Poder Nacional a los Estados y Municipios. Estará presidido por el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva e integrado por los Ministros y Ministras, los gobernadores y gobernadoras, un alcalde o alcaldesa por cada Estado y representantes de la sociedad organizada, de acuerdo con la ley.
El Consejo Federal de Gobierno contará con una Secretaría, integrada por el Vicepresidente Ejecutivo o Vicepresidenta Ejecutiva, dos Ministros o Ministras, tres gobernadores o gobernadoras y tres alcaldes o alcaldesas. Del Consejo Federal de Gobierno dependerá el Fondo de Compensación Interterritorial, destinado al financiamiento de inversiones públicas dirigidas a promover el desarrollo equilibrado de las regiones, la cooperación y complementación de las políticas e iniciativas de desarrollo de las distintas entidades públicas territoriales, y a apoyar especialmente la dotación de obras y servicios esenciales en las regiones y comunidades de menor desarrollo relativo. El Consejo Federal de Gobierno, con base en los desequilibrios regionales, discutirá y aprobará anualmente los recursos que se destinarán al Fondo de Compensación Interterritorial y las áreas de inversión prioritaria a las cuales se aplicarán dichos recursos.” Este Consejo Federal aún no ha sido creado.
Consideramos importante señalar que en la Asamblea Constituyente que redactó la Constitución de 1999, el profesor Brewer Carías participó como constituyente independiente y presentó un documento titulado “Manifiesto Democrático Federal”, en donde se presentan unas líneas básicas que se corresponden con una democracia más representativa y participativa como régimen político, proponiendo una forma de Estado Federal, con un gobierno basado en la separación de poderes.
Como ilustración a nuestro análisis sobre el sistema federal, nos complementa conocer que en Latinoamérica existen cuatro países con un sistema federal de gobierno: Méjico, Brasil, Argentina y Venezuela, de ellos podemos observar que, aunque diferentes, existen en ellos unos rasgos generales comunes:

a) Existencia de una Constitución, rígida normalmente, en cuya reforma han de participar los entes territoriales constitutivos de la federación.
b) El reconocimiento de los estados miembros del principio de autonomía.
c) La existencia de un órgano, normalmente jurisdiccional, encargado de dirimir los conflictos entre la federación y los estados miembros, así como guardar la primacía de la constitución federal.
d) El diseño de un cauce de participación de los estados miembros en la voluntad federal.
e) El reparto constitucional de competencias entre la federación y los estados miembros.
f) la compensación financiera que se manifiesta en un conjunto de reglas ordenadoras de división de competencias tributarias.
g) Intervención Federal para mantener la integridad territorial, política y constitucional de Estado Federal.

Del estudio de esos elementos concurrentes en un sistema de estado federal, podemos darnos cuenta que cada país de Latinoamérica desarrolla y ejecuta esos principios de maneras diferentes, sin que exista un modelo único de Estado federal,

V
CONCLUSIONES

Como hemos resaltado repetidamente en las páginas precedentes, el federalismo no es un concepto simple de significación unívoca, sino que reviste características propias en cada nación que lo asume como sistema de gobierno, pero que sin embargo pueden determinarse ciertos elementos comunes que todos ellos confluyen en una cooperación de los estados miembros para lograr una fortaleza económica, política o social regulada por una normativa que prevé la distribución de competencias federales y locales.

En Venezuela, el sistema federal fue asumido en nuestra primera constitución de 1811, como un mimetismo de la época, inspirados nuestros constituyentes en el modelo de la federación de los Estados Unidos de América. Sin embargo, en Venezuela el federalismo no ha sido, ni legislativamente, ni en la práctica, un federalismo formal, sino más bien una centralización federada o federación centralizada. Cuando hablamos del federalismo incorporado en nuestras constituciones como sistema de gobierno, hemos resaltado los cambios constitucionales en los que el sistema federal se ha acogido o no, con los vaivenes de una nación en crecimiento, de lo que podemos concluir que hablar de historia constitucional implica más bien hablar de la historia de la formación de nuestros gobiernos, que fueron respaldados y apoyados por una Constitución, no importa de cual sistema de gobierno de tratara. De ahí, que en nuestra historia republicana tengamos 25 constituciones, y en ellas algunas veces el sistema previsto sea el federal y en otras el central. Todo ello además bajo gobiernos militares, o bajo dictaduras, como la del General Gómez, donde curiosamente también hubo varias constituciones como estandarte del gobierno.

Dentro de las constituciones de nuestro país, ha habido algunas de especial relevancia en materia de federalismo, especialmente hacemos referencia a la Constitución de 1864, fruto de la guerra federal, guerra larga o guerra azul, porque su texto supone una transformación del gobierno ya que se declara un Estado Federal y las provincias comienzan a llamarse Estados. En este momento se da a Venezuela el nombre de “Estados Unidos de Venezuela”.

Hemos resaltado también que en toda nuestra historia republicana, la Constitución de más vigencia ha sido la de 1961, en la que se estableció el sistema federal como fondo, apoyado en el principio de separación de poderes y un congreso bicameral. Si bien esta Constitución no estableció normas específicas para desarrollar la autonomía de los estados y municipios, incluyó normas que acogían, permitían y estimulaban un desarrollo legislativo de estos principios de descentralización de tal manera que bajo la vigencia de sus preceptos se modificaron las leyes que permitían la elección directa de gobernadores y alcaldes, como también la Ley de Descentralización de los Poderes Públicos.

Venezuela forma parte de los cinco países de Latinoamérica que tienen establecido en sus constituciones un sistema federal de gobierno, estos llamados sistemas federales no son iguales en esos países, sin embargo se definen unos elementos comunes que los identifican, sin que exista ni en Latinoamérica ni en el mundo, un sistema único de Estado Federal.

martes, 8 de junio de 2010

Discurso de Bolívar ante el Congreso de Angostura

Señor. ¡Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando ha convocado la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta! Yo, pues, me cuento entre los seres más favorecidos de la Divina Providencia, ya que he tenido el honor de reunir a los representantes del pueblo de Venezuela en este augusto Congreso, fuente de la autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana y árbitro del destino de la nación.

Al trasmitir a los representantes del pueblo el Poder Supremo que se me había confiado, colmo los votos de mi corazón, los de mis conciudadanos y los de nuestras futuras generaciones, que todo lo esperan de vuestra sabiduría, rectitud y prudencia. Cuando cumplo con este dulce deber, me liberto de la inmensa autoridad que me agobiaba, como de la responsabilidad ilimitada que pesaba sobre mis débiles fuerzas. Solamente una necesidad forzosa, unida a la voluntad imperiosa del pueblo, me habría sometido al terrible y peligroso encargo de Dictador Jefe Supremo de la República. ¡Pero ya respiro devolviéndoos esta autoridad, que con tanto riesgo, dificultad y pena he logrado mantener en medio de las tribulaciones más horrorosas que pueden afligir a un cuerpo social!

No ha sido la época de la República, que he presidido, una mera tempestad política, ni una guerra sangrienta, ni una anarquía popular, ha sido, sí, el desarrollo de todos los elementos desorganizadores; ha sido la inundación de un torrente infernal que ha sumergido la tierra de Venezuela. Un hombre, ¡y un hombre como yo!, ¿qué diques podría oponer al ímpetu de estas devastaciones? En medio de este piélago de angustias no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebataba como una débil paja. Yo no he podido hacer ni bien ni mal; fuerzas irresistibles han dirigido la marcha de nuestros sucesos; atribuírmelos no sería justo y sería darme una importancia que no merezco. ¿Queréis conocer los autores de los acontecimientos pasados y del orden actual? Consultad los anales de España, de América, de Venezuela; examinad las Leyes de Indias, el régimen de los antiguos mandatarios, la influencia de la religión y del dominio extranjero; observad los primeros actos del gobierno republicano, la ferocidad de nuestros enemigos y el carácter nacional. No me preguntéis sobre los efectos de estos trastornos para siempre lamentables; apenas se me puede suponer simple instrumento de los grandes móviles que han obrado sobre Venezuela; sin embargo, mi vida, mi conducta, todas mis acciones públicas y privadas están sujetas a la censura del pueblo. ¡Representantes! Vosotros debéis juzgarlas. Yo someto la historia de mi mando a vuestra imparcial decisión; nada añadiré para excusarla; ya he dicho cuanto puede hacer mi apología. Si merezco vuestra aprobación, habré alcanzado el sublime título de buen ciudadano, preferible para mí al de Libertador que me dio Venezuela, al de Pacificador que me dio Cundinamarca, y a los que el mundo entero puede dar.

¡Legisladores!

Yo deposito en vuestras manos el mando supremo de Venezuela. Vuestro es ahora el augusto deber de consagraros a la felicidad de la República; en vuestras manos está la balanza de nuestros destinos, la medida de nuestra gloria, ellas sellarán los decretos que fijen nuestra libertad. En este momento el Jefe Supremo de la República no es más que un simple ciudadano; y tal quiere quedar hasta la muerte. Serviré, sin embargo, en la carrera de las armas mientras haya enemigos en Venezuela. Multitud de beneméritos hijos tiene la patria capaces de dirigirla, talentos, virtudes, experiencia y cuanto se requiere para mandar a hombres libres, son el patrimonio de muchos de los que aquí representan el pueblo; y fuera de este Soberano Cuerpo se encuentran ciudadanos que en todas épocas han mostrado valor para arrostrar los peligros, prudencia para evitarlos, y el arte, en fin, de gobernarse y de gobernar a otros. Estos ilustres varones merecerán, sin duda, los sufragios del Congreso y a ellos se encargará del gobierno, que tan cordial y sinceramente acabo de renunciar para siempre.

La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente.

Ya, pues, que por este acto de mi adhesión a la libertad de Venezuela puedo aspirar a la gloria de ser contado entre sus más fieles amantes, permitidme, señor, que exponga con la franqueza de un verdadero republicano mi respetuoso dictamen en este Proyecto de Constitución que me tomo la libertad de ofreceros en testimonio de la sinceridad y del candor de mis sentimientos. Como se trata de la salud de todos, me atrevo a creer que tengo derecho para ser oído por los representantes del pueblo. Yo se muy bien que vuestra sabiduría no ha menester de consejos, y sé también que mi proyecto acaso, os parecerá erróneo, impracticable. Pero, señor, aceptad con benignidad este trabajo, que más bien es el tributo de mi sincera sumisión al Congreso que el efecto de una levedad presuntuosa. Por otra parte, siendo vuestras funciones la creación de un cuerpo político y aun se podría decir la creación de un sociedad entera, rodeada de todos los inconvenientes que presenta una situación la más singular y difícil, quizás el grito de un ciudadano puede advertir la presencia de un peligro encubierto o desconocido.

Echando una ojeada sobre lo pasado, veremos cuál es la base de la República de Venezuela.

Al desprenderse América de la Monarquía Española, se ha encontrado, semejante al Imperio Romano, cuando aquella enorme masa, cayó dispersa en medio del antiguo mundo. Cada desmembración formó entonces una nación independiente con forme a su situación o a sus intereses; pero con la diferencia de que aquellos miembros volvían a restablecer sus primeras asociaciones. Nosotros ni aun conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión y de mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición de los invasores; así nuestro caso es el más extraordinario y complicado. Todavía hay más; nuestra suerte ha sido siempre puramente pasiva, nuestra existencia política ha sido siempre nula y nos hallamos en tanta más dificultad para alcanzar la libertad, cuanto que estábamos colocados en un grado inferior al de la servidumbre; porque no solamente se nos había robado la libertad, sino también la tiranía activa y doméstica. Permítaseme explicar esta paradoja. En el régimen absoluto, el poder autorizado no admite límites. La voluntad del déspota, es la ley suprema ejecutada arbitrariamente por los subalternos que participan de la opresión organizada en razón de la autoridad de que gozan. Ellos están encargados de las funciones civiles, políticas, militares y religiosas, pero al fin son persas los sátrapas de Persia, son turcos los bajáes del gran señor, son tártaros los sultanes de la Tartaria. China no envía a buscar mandarines a la cuna de Gengis Kan que la conquistó. Por el contrario, América, todo lo recibía de España que realmente la había privado del goce y ejercicio de la tiranía activa; no permitiéndonos sus funciones en nuestros asuntos domésticos y administración interior. Esta abnegación nos había puesto en la imposibilidad de conocer el curso de los negocios públicos; tampoco gozábamos de la consideración personal que inspira el brillo del poder a los ojos de la multitud, y que es de tanta importancia en las grandes revoluciones. Lo diré de una vez, estábamosabstraídos, ausentes del universo, en cuanto era relativo a la ciencia del gobierno.

Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir, ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos de tan perniciosos maestros las lecciones que hemos recibido, y los ejemplos que hemos estudiado, son los más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la superstición. La esclavitud es la hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia, de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad; la traición por el patriotismo; la venganza por la justicia. Semejante a un robusto ciego que, instigado por el sentimiento de sus fuerzas, marcha con la seguridad del hombre más perspicaz, y dando en todos los escollos no puede rectificar sus pasos. Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud; que el imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor; que las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes; que el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad. Así, legisladores, vuestra empresa es tanto más ímproba cuanto que tenéis que constituir a hombres pervertidos por las ilusiones del error, y por incentivos nocivos. «La libertad-dice Rousseau es un alimento suculento, pero de difícil digestión». Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho antes que logren digerir el saludable nutritivo de la libertad. Entumidos sus miembros por las cadenas, debilitada su vista en las sombras de las mazmorras, y aniquilados por las pestilencias serviles, ¿eran capaces de marchar con pasos firmes hacia el augusto templo de la libertad? ¿Serán capaces de admirar de cerca sus espléndidos rayos y respirar sin opresión el éter puro que allí reina?

Meditad bien vuestra elección, legisladores. No olvidéis que vais a echar los fundamentos a un pueblo naciente que podrá elevarse a la grandeza que la naturaleza le ha señalado, si vosotros proporcionáis su base al eminente rango que le espera. Si vuestra elección no está presidida por el genio tutelar de Venezuela que debe inspiraros el acierto de escoger la naturaleza y la forma de gobierno que vais a adoptar para la felicidad del pueblo; si no acertáis, repito, la esclavitud será el término de nuestra transformación.

Los anales de los tiempos pasados os presentarán millares de gobiernos. Traed a la imaginación las naciones que han brillado sobre la tierra, y contemplaréis afligidos que casi toda la tierra ha sido, y aún es, víctima de sus gobiernos. Observaréis muchos sistemas de manejar hombres, mas todos para oprimirlos; y si la costumbre de mirar al género humano conducido por pastores de pueblos, no disminuyese el horror de tan chocante espectáculo, nos pasmaríamos al ver nuestra dócil especie pacer sobre la superficie del globo como viles rebaños destinados a alimentar a sus crueles conductores. La naturaleza, a la verdad, nos dota al nacer del incentivo de la libertad; mas sea pereza, sea propensión inherente a la humanidad, lo cierto es que ella reposa tranquila aunque ligada con las trabas que le imponen. Al contemplarla en este estado de prostitución, parece que tenemos razón para persuadirnos que, los más de los hombres tienen por verdadera aquella humillante máxima, que más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía.

¡Ojalá que esta máxima contraria a la moral de la naturaleza, fuese falsa! ¡Ojalá que esta máxima no estuviese sancionada por la indolencia de los hombres con respecto a sus derechos más sagrados!

Muchas naciones antiguas y modernas han sacudido la opresión; pero son rarísimas las que han sabido gozar de algunos preciosos momentos de libertad; muy luego han recaído en sus antiguos vicios políticos; porque son los pueblos, más bien que los gobiernos, los que arrastran tras sí la tiranía. El hábito de la dominación, los hace insensibles a los encantos del honor y de la prosperidad nacional; y miran con indolencia la gloria de vivir en el movimiento de la libertad, bajo la tutela de leyes dictadas por su propia voluntad. Los fastos del universo proclaman esta espantosa verdad.

Sólo la democracia, en mi concepto, es susceptible de una absoluta libertad; pero ¿cuál es el gobierno democrático que ha reunido a un tiempo, poder, prosperidad y permanencia? ¿Y no se ha visto por el contrario la aristocracia, la monarquía cimentar grandes y poderosos imperios por siglos y siglos? ¿Qué gobierno más antiguo que el de China? ¿Qué República ha excedido en duración a la de Esparta, a la de Venecia? ¿El Imperio Romano no conquistó la tierra? ¿No tiene Francia catorce siglos de monarquía? ¿Quién es más grande que Inglaterra? Estas naciones, sin embargo, han sido o son aristocracias y monarquías.

A pesar de tan crueles reflexiones, yo me siento arrebatado de gozo por los grandes pasos que ha dado nuestra República al entrar en su noble carrera. Amando lo más útil, animada de lo más justo, y aspirando a lo más perfecto al separarse Venezuela de la nación española, ha recobrado su independencia, su libertad, su igualdad, su soberanía nacional. Constituyéndose en una República democrática, proscribió la monarquía, las distinciones, la nobleza, los fueros, los privilegios; declaró los derechos del hombre, la libertad de obrar, de pensar, de hablar y de escribir. Estos actos eminentemente liberales jamás serán demasiado admirados por la pureza que los ha dictado. El primer Congreso de Venezuela ha estampado en los anales de nuestra legislación con caracteres indelebles, la majestad del pueblo dignamente expresada, al sellar el acto social más capaz de formar la dicha de una nación. Necesito de recoger todas mis fuerzas para sentir con toda la vehemencia de que soy susceptible, el supremo bien que encierra en sí este Código inmortal de nuestros derechos y de nuestras leyes. ¡Pero cómo osaré decirlo! ¿Me atreveré yo a profanar, con mi censura las tablas sagradas de nuestras leyes?... Hay sentimientos que no se pueden contener en el pecho de un amante de la patria; ellos rebosan agitados por su propia violencia, y a pesar del mismo que los abriga, una fuerza imperiosa los comunica. Estoy penetrado de la idea de que el gobierno de Venezuela debe reformarse; y que aunque muchos ilustres ciudadanos piensan como yo, no todos tienen el arrojo necesario para profesar públicamente la adopción de nuevos principios. Esta consideración me insta a tomar la iniciativa en un asunto de la mayor gravedad, y en que hay sobrada audacia en dar avisos a los consejeros del pueblo.

Cuanto más admiro la excelencia de la Constitución federal de Venezuela, tanto más me persuado de la imposibilidad de su aplicación a nuestro estado. Y, según mi modo de ver, es un prodigio que su modelo en el Norte de América subsista tan prósperamente y no se trastorne al aspecto del primer embarazo o peligro. A pesar de que aquel pueblo es un modelo singular de virtudes políticas y de ilustración moral; no obstante que la libertad ha sido su cuna, se ha criado en la libertad, y se alimenta de pura libertad; lo diré todo, aunque Bajo de muchos respectos, este pueblo es único en la historia del género humano es un prodigio, repito, que un sistema tan débil y complicado como el federal haya podido regirlo en circunstancias tan difíciles y delicadas como las pasadas. Pero sea lo que fuere de este gobierno con respecto a la nación norteamericana, debo decir, que ni remotamente ha entrado en mi idea asimilar la situación y naturaleza de los Estados tan distintos como el inglés americano y el americano español. ¿No sería muy difícil aplicar a España el Código de libertad política, civil y religiosa de Inglaterra? Pues aun es más difícil adaptar en Venezuela las leyes de Norteamérica. ¿No dice el Espíritu de las Leyes que éstas deben ser propias para el pueblo que se hacen? ¿Que es una gran casualidad que las de una nación puedan convenir a otra? ¿Que las leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima, a la calidad del terreno, a su situación, a su extensión, al género de vida de los pueblos? ¿Referirse al grado de libertad que la Constitución puede sufrir, a la religión de los habitantes, a sus inclinaciones, a sus riquezas, a su número, a su comercio, a sus costumbres, a sus modales? ¡He aquí el Código que debíamos consultar, y no el de Washington!

La Constitución venezolana sin embargo de haber tomado sus bases de la más perfecta, si se atiende a la corrección de los principios y a los efectos benéficos de su administración, difirió esencialmente de la americana en un punto cardinal y, sin duda, el más importante. EL Congreso de Venezuela como el americano participa de algunas de las atribuciones del Poder Ejecutivo. Nosotros, además, subdividimos este Poder habiéndolo sometido a un cuerpo colectivo sujeto, por consiguiente, a los inconvenientes de hacer periódica la existencia del gobierno, de suspenderla y disolverla siempre que se separan sus miembros. Nuestro triunvirato carece, por decirlo, de unidad, de continuación y de responsabilidad individual; está privado de acción momentánea, de vida continua, de uniformidad real, de responsabilidad inmediata y un gobierno que no posee cuanto constituye su moralidad, debe llamarse nulo.

Aunque las facultades del Presidente de los Estados Unidos están limitadas con restricciones excesivas, ejerce por sí solo todas las funciones gubernativas que la Constitución le atribuye, y es indudable que su administración debe ser más uniforme, constante y verdaderamente propia, que la de un poder diseminado entre varios individuos cuyo compuesto no puede ser sernos menos que monstruoso.

El poder judicial en Venezuela es semejante al americano, indefinido en duración, temporal y no vitalicio, goza de toda la independencia que le corresponde.

El Primer Congreso en su Constitución federal más consultó el espíritu de las provincias, que la idea sólida de formar una República indivisible y central. Aquí cedieron nuestros legisladores al empeño inconsiderado de aquellos provinciales seducidos por el deslumbrante brillo de la felicidad del pueblo americano, pensando que, las bendiciones de que goza son debidas exclusivamente a la forma de gobierno y no al carácter y costumbres de los ciudadanos. Y, en efecto, el ejemplo de los Estados Unidos, por su peregrina prosperidad, era demasiado lisonjero para que no fuese seguido. ¿Quién puede resistir al atractivo victorioso del goce pleno y absoluto de la soberanía, de la independencia, de la libertad? ¿Quién puede resistir al amor que inspira un gobierno inteligente que liga a un mismo tiempo, los derechos particulares a los derechos generales; que forma de la voluntad común la ley suprema de la voluntad individual? ¿Quién puede resistir al imperio de un gobierno bienhechor que con una mano hábil, activa, y poderosa dirige siempre, y en todas partes, todos sus resortes hacia la perfección social, que es el fin único de las instituciones humanas?

Mas por halagüeño que parezca, y sea en efecto este magnifico sistema federativo, no era dado a los venezolanos gozarlo repentinamente al salir de las cadenas. No estábamos preparados para tanto bien; el bien, como el mal, da la muerte cuando es súbito y excesivo. Nuestra constitución moral no tenía todavía La consistencia necesaria para recibir el beneficio de un gobierno completamente representativo, y tan sublime que podía ser adaptado a una república de santos.

¡Representantes del Pueblo! Vosotros estáis llamados para consagrar, o suprimir cuanto os parezca digno de ser conservado, reformado, o desechado en nuestro pacto social. A vosotros pertenece el corregir la obra de nuestros primeros legisladores; yo querría decir, que a vosotros toca cubrir una parte de la belleza que contiene nuestro Código político; porque no todos los corazones están formados para amar a todas las beldades; ni todos los ojos, son capaces de soportar la luz celestial de la perfección. EL libro de los Apóstoles, la moral de Jesús, la obra Divina que nos ha enviado la Providencia para mejorar a los hombres, tan sublime, tan santa, es un diluvio de fuego en Constantinopla, y el Asia entera ardería en vivas llamas, si este libro de paz se le impusiese repentinamente por código de religión, de leyes y de costumbres.

Séame permitido llamar la atención del Congreso sobre una materia que puede ser de una importancia vital. Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte, que más bien es un compuesto de África y de América, que una emanación de Europa, pues que hasta España misma, deja de ser Europa por su sangre africana, por sus instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado, el europeo se ha mezclado con el americano y con el africano, y éste se ha mezclado con el indio y con el europeo. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros padres, diferentes en origen y en sangre, son extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis; esta desemejanza trae un reato de la mayor trascendencia.

Los ciudadanos de Venezuela gozan todos por la Constitución, intérprete de la naturaleza, de una perfecta igualdad política. Cuando esta igualdad no hubiese sido un dogma en Atenas, en Francia y en América, deberíamos nosotros consagrarlo para corregir la diferencia que aparentemente existe. Mi opinión es, legisladores, que el principio fundamental de nuestro sistema, depende inmediata y exclusivamente de la igualdad establecida y practicada en Venezuela. Que los hombres nacen todos con derechos iguales a los bienes de la sociedad, está sancionado por la pluralidad de los sabios; como también lo está que no todos los hombres nacen igualmente aptos a la obtención de todos los rangos; pues todos deben practicar la virtud y no todos la practican; todos deben ser valerosos, y todos no lo son; todos deben poseer talentos, y todos no lo poseen. De aquí viene la distinción efectiva que se observa entre los individuos de la sociedad más liberalmente establecida. Si el principio de la igualdad política es generalmente reconocido, no lo es menos el de la desigualdad física y moral. La naturaleza hace a los hombres desiguales, en genio, temperamento, fuerzas y caracteres. Las leyes corrigen esta diferencia porque colocan al individuo en la sociedad para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den una igualdad ficticia, propiamente llamada política y social. Es una inspiración eminentemente benéfica, la reunión de todas las clases en un estado, en que la diversidad se multiplicaba en razón de la propagación de la especie. Por este solo paso se ha arrancado de raíz la cruel discordia. ¡Cuántos celos, rivalidades y odios se han evitado!

Habiendo ya cumplido con la justicia, con la humanidad, cumplamos ahora con la política, con la sociedad, allanando las dificultades que opone un sistema tan sencillo y natural, mas tan débil que el menor tropiezo lo trastorna, lo arruina. La diversidad de origen requiere un pulso infinitamente firme, un tacto infinitamente delicado para manejar esta sociedad heterogénea cuyo complicado artificio se disloca, se divide, se disuelve con la más ligera alteración.

El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política. Por las leyes que dictó el primer Congreso tenemos derecho de esperar que la dicha sea el dote de Venezuela; y por las vuestras, debemos lisonjearnos que la seguridad y la estabilidad eternizarán esta dicha. A vosotros toca resolver el problema. ¿Cómo, después de haber roto todas las trabas de nuestra antigua opresión podemos hacer la obra maravillosa de evitar que los restos de nuestros duros hierros no se cambien en armas liberticidas? Las reliquias de la dominación española permanecerán largo tiempo antes que lleguemos a anonadarlas; el contagio del despotismo ha impregnado nuestra atmósfera, y ni el fuego de la guerra, ni el específico de nuestras saludables leyes han purificado el aire que respiramos. Nuestras manos ya están libres, y todavía nuestros corazones padecen de las dolencias de la servidumbre. EL hombre, al perder la libertad, decía Homero, pierde la mitad de su espíritu.

Un gobierno republicano ha sido, es, y debe ser el de Venezuela; sus bases deben ser la soberanía del pueblo, la división de los poderes, la libertad civil, la proscripción de la esclavitud, la abolición de la monarquía y de los privilegios. Necesitamos de la igualdad para refundir, digámoslo así, en un todo, la especie de los hombres, las opiniones políticas y las costumbres públicas. Luego, extendiendo la vista sobre el vasto campo que nos falta por recorrer, fijemos la atención sobre los peligros que debemos evitar. Que la historia nos sirva de guía en esta carrera. Atenas, la primera, nos da el ejemplo más brillante de una democracia absoluta, y al instante, la misma Atenas, nos ofrece el ejemplo más melancólico de la extrema debilidad de esta especie de gobierno. El más sabio legislador de Grecia no vio conservar su República diez años, y sufrió la humillación de reconocer la insuficiencia de la democracia absoluta para regir ninguna especie de sociedad, ni con la más cuita, morígera y limitada, porque sólo brilla con relámpagos de libertad. Reconozcamos, pues, que Solón ha desengañado al mundo; y le ha enseñado cuán difícil es dirigir por simples leyes a los hombres.

La República de Esparta, que parecía una invención quimérica, produjo más efectos reales que la obra ingeniosa de Solón. Gloria, virtud moral, y, por consiguiente, la felicidad nacional, fue el resultado de la legislación de Licurgo. Aunque dos reyes en un Estado son dos monstruos para devorarlo, Esparta poco tuvo que sentir de su doble trono, en tanto que Atenas se prometía la suerte más espléndida, con una soberanía absoluta, libre elección de magistrados, frecuentemente renovados. Leyes suaves, sabias y políticas. Pisístrato, usurpador y tirano fue más saludable a Atenas que sus leyes; y Pericles, aunque también usurpador, fue el más útil ciudadano. La República de Tebas no tuvo más vida que la de Pelópidas y Epaminondas; porque a veces son los hombres, no los principios, los que forman los gobiernos. Los códigos, los sistemas, los estatutos por sabios que sean son obras muertas que poco influyen sobre las sociedades: ¡hombres virtuosos, hombres patriotas, hombres ilustrados constituyen las repúblicas!

La Constitución Romana es la que mayor poder y fortuna ha producido a ningún pueblo del mundo; allí no había una exacta distribución de los poderes. Los Cónsules, el Senado, el Pueblo, ya eran Legisladores, ya magistrados, ya Jueces; todos participaban de todos los poderes. El Ejecutivo, compuesto de dos Cónsules, padecía el mismo inconveniente que el de Esparta. A pesar de su deformidad no sufrió la República la desastrosa discordancia que toda previsión habría supuesto inseparable de una magistratura compuesta de dos individuos, igualmente autorizados con las facultades de un monarca. Un gobierno cuya única inclinación era la conquista, no parecía destinado a cimentar la felicidad de su nación. Un gobierno monstruoso y puramente guerrero, elevó a Roma al más alto esplendor de virtud y de gloria; y formó de la tierra un dominio romano para mostrar a los hombres de cuánto son capaces las virtudes políticas; y cuán diferentes suelen ser las instituciones.

Y pasando de los tiempos antiguos a los modernos encontraremos a Inglaterra y a Francia llamando la atención de todas las naciones, y dándoles lecciones elocuentes de toda especie en materia de gobierno. La revolución de estos dos grandes pueblos, como un radiante meteoro, ha inundado al mundo con tal profusión de luces políticas, que ya todos los seres que piensan han aprendido cuáles son los derechos del hombre y cuáles sus deberes; en qué consiste la excelencia de los gobiernos y en qué consisten sus vicios. Todos saben apreciar el valor intrínseco de las teorías especulativas de los filósofos y legisladores modernos. En fin, este astro, en su luminosa carrera, aun ha encendido los pechos de los apáticos españoles, que también se han lanzado en el torbellino político; han hecho sus efímeras pruebas de libertad, han reconocido su incapacidad para vivir bajo el dulce dominio de las leyes y han vuelto a sepultarse en sus prisiones y hogueras inmemoriales.

Aquí es el lugar de repetiros, legisladores, lo que os dice el elocuente Volney en la dedicatoria de su Ruinas de Palmira: «A los pueblos nacientes de las Indias Castellanas, a los jefes generosos que los guían a la libertad: que los errores e infortunios del mundo antiguo enseñen la sabiduría y la felicidad al mundo nuevo». Que no se pierdan, pues, las lecciones de la experiencia; y que las secuelas de Grecia, de Roma, de Francia, de Inglaterra y de América nos instruyan en la difícil ciencia de crear y conservar las naciones con leyes propias, justas, legítimas, y sobre todo útiles. No olvidando jamás que la excelencia de un gobierno no consiste en su teórica, en su forma, ni en su mecanismo, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la nación para quien se instituye.

Roma y la Gran Bretaña son las naciones que más han sobresalido entre las antiguas y modernas; ambas nacieron para mandar y ser libres; pero ambas se constituyeron no con brillantes formas de libertad, sino con establecimientos sólidos. Así, pues, os recomiendo, representantes, el estudio de la Constitución británica, que es la que parece destinada a operar el mayor bien posible a los pueblos que la adoptan; pero por perfecta que sea, estoy muy lejos de proponeros su imitación servil. Cuando hablo del Gobierno británico sólo me refiero a lo que tiene de republicanismo, y a la verdad ¿puede llamarse pura monarquía un sistema en el cual se reconoce la soberanía popular, la división y el equilibrio de los poderes, la libertad civil, de conciencia, de imprenta, y cuanto es sublime en la política? ¿Puede haber más libertad en ninguna especie de república? ¿y puede pretenderse a más en el orden social? Yo os recomiendo esta Constitución popular, la división y el equilibrio de los poderes, la libertad civil, de como la más digna de servir de modelo a cuantos aspiran al goce de los derechos del hombre y a toda la felicidad política que es compatible con nuestra frágil naturaleza.

En nada alteraríamos nuestras leyes fundamentales, si adoptásemos un Poder Legislativo semejante al Parlamento británico. Hemos dividido como los americanos la representación nacional en dos Cámaras: la de Representantes y el Senado. La primera está compuesta muy sabiamente, goza de todas las atribuciones que le corresponden y no es susceptible de una reforma esencial, porque la Constitución le ha dado el origen, la forma y las facultades que requiere la voluntad del pueblo para ser legítima y competentemente representada. Si el Senado en lugar de ser electivo fuese hereditario, sería en mi concepto la base, el lazo, el alma de nuestra República. Este Cuerpo en las tempestades políticas pararía los rayos del gobierno, y rechazaría las olas populares. Adicto al gobierno por el justo interés de su propia conservación, se opondría siempre a las invasiones que el pueblo intenta contra la jurisdicción y la autoridad de sus magistrados. Debemos confesarlo: los más de los hombres desconocen sus verdaderos intereses y constantemente procuran asaltarlos en las manos de sus depositarios; el individuo pugna contra la masa, y la masa contra la autoridad. Por tanto, es preciso que en todos los gobiernos exista un cuerpo neutro que se ponga siempre de parte del ofendido y desarme al ofensor. Este cuerpo neutro, para que pueda ser tal, no ha de deber su origen a la elección del gobierno, ni a la del pueblo; de modo que goce de una plenitud de independencia que ni tema, ni espere nada de estas dos fuentes de autoridad. El Senado hereditario como parte del pueblo, participa de sus intereses, de sus sentimientos y de su espíritu. Por esta causa no se debe presumir que un Senado hereditario se desprenda de los intereses populares, ni olvide sus deberes legislativos. Los senadores en Roma, y los lores en Londres, han sido las columnas más firmes sobre que se ha fundado el edificio de la libertad política y civil.

Estos senadores serán elegidos la primera vez por el Congreso. Los sucesores al Senado llaman la primera atención del gobierno, que debería educarlos en un colegio especialmente destinado para instruir aquellos tutores, legisladores futuros de la patria. Aprenderían las artes, las ciencias y las letras que adornan el espíritu de un hombre público; desde su infancia ellos sabrían a qué carrera la Providencia los destinaba y desde muy tiernos elevarían su alma a la dignidad que los espera.

De ningún modo sería una violación de la igualdad política la creación de un Senado hereditario; no es una nobleza la que pretendo establecer, porque, como ha dicho un célebre republicano, sería destruir a la vez la igualdad y la libertad. Es un oficio para el cual se deben preparar los candidatos, y es un oficio que exige mucho saber, y los medios proporcionados para adquirir su instrucción. Todo no se debe dejar al acaso y a la ventura en las elecciones: el pueblo se engaña más fácilmente que la naturaleza perfeccionada por el arte; y aunque es verdad que estos senadores no saldrían del seno de las virtudes, también es verdad que saldrían del seno de una educación ilustrada. Por otra parte, los Libertadores de Venezuela son acreedores a ocupar siempre un alto rango en la República que les debe su existencia. Creo que la posteridad vería con sentimiento, anonadados los nombres ilustres de sus primeros bienhechores; digo más, es del interés público, es de la gratitud de Venezuela, es del honor nacional, conservar con gloria hasta la última posteridad, una raza de hombres virtuosos, prudentes y esforzados que superando todos los obstáculos, han fundado la República a costa de los más heroicos sacrificios. Y si el pueblo de Venezuela no aplaude la elevación de sus bienhechores, es indigno de ser libre, y no lo será jamás.

Un Senado hereditario, repito, será la base fundamental del Poder Legislativo y, por consiguiente, será la base de todo gobierno. Igualmente servirá de contrapeso para el gobierno y para el pueblo; será una potestad intermediaria que embote los tiros que recíprocamente se lanzan estos eternos rivales. En todas las luchas la calma de un tercero viene a ser el órgano de la reconciliación, así el Senado de Venezuela será la traba de este edificio delicado y harto susceptible de impresiones violentas; será el iris que calmará las tempestades y mantendrá la armonía entre los miembros y la cabeza de este cuerpo político.

Ningún estímulo podrá adulterar un Cuerpo Legislativo investido de los primeros honores, dependiente de sí mismo, sin temer nada del pueblo, ni esperar nada del gobierno, que no tiene otro objeto que el de reprimir todo principio de mal y propagar todo principio de bien; y que está altamente interesado en la existencia de una sociedad en la cual participa de sus efectos funestos o favorables. Se ha dicho con demasiada razón que la Cámara alta de Inglaterra, es preciosa para la nación porque ofrece un naluarte a la libertad, y yo añado que el Senado de Venezuela, no sólo sería un baluarte de la libertad, sino un apoyo para eternizar la República.

El Poder Ejecutivo británico está revestido de toda la autoridad soberana que le pertenece; pero también está circunvalado de una triple línea de diques, barreras y estacadas. Es Jefe del Gobierno, pero sus ministros y subalternos dependen más de las leyes que de su autoridad, porque son personalmente responsables, y ni aun las mismas órdenes de la autoridad real los eximen de esta responsabilidad. Es Generalísimo del Ejército y de la Marina; hace la paz, y declara la guerra; pero el Parlamento es el que decreta anualmente las sumas con que deben pagarse estas fuerzas militares. Si los Tribunales y Jueces dependen de él, las leyes emanan del Parlamento que las ha consagrado. Con el objeto de neutralizar su poder, es inviolable y sagrada la persona del Rey; y al mismo tiempo que le dejan libre la cabeza le ligan las manos con que debe obrar. El Soberano de Inglaterra tiene tres formidables rivales: su Gabinete que debe responder al Pueblo y al Parlamento; el Senado, que defiende los intereses del Pueblo como Representante de la Nobleza de que se compone, y la Cámara de los Comunes, que sirve de órgano y de tribuna al pueblo británico. Además, como los jueces son responsables del cumplimiento de las leyes, no se separan de ellas, y los administradores del Erario, siendo perseguidos no solamente por sus propias infracciones, sino aun por las que hace el mismo gobierno, se guardan bien de malversar los fondos públicos. Por más que se examine la naturaleza del Poder Ejecutivo en Inglaterra, no se puede hallar nada que no incline a juzgar que es el más perfecto modelo, sea para un Reino, sea para una Aristocracia, sea para una democracia. Aplíquese a Venezuela este Poder Ejecutivo en la persona de un Presidente, nombrado por el Pueblo o por sus Representantes, y habremos dado un gran paso hacia la felicidad nacional.

Cualquiera que sea el ciudadano que llene estas funciones, se encontrará auxiliado por la Constitución; autorizado para hacer bien, no podrá hacer mal, porque siempre que se someta a las leyes, sus ministros cooperarán con él; si por el contrario, pretende infringirlas, sus propios ministros lo dejarán aislado en medio de la República, y aun lo acusarán delante del Senado. Siendo los ministros los responsables de las transgresiones que se cometan, ellos son los que gobiernan, porque ellos son los que las pagan. No es la menor ventaja de este sistema la obligación en que pone a los funcionarios inmediatos al Poder Ejecutivo de tomar la parte más interesada y activa en las deliberaciones del gobierno, y a mirar como propio este departamento. Puede suceder que no sea el Presidente un hombre de grandes talentos, ni de grandes virtudes, y no obstante la carencia de estas cualidades esenciales, el Presidente desempeñará sus deberes de un modo satisfactorio; pues en tales casos el Ministerio, haciendo todo por sí mismo, lleva la carga del Estado.

Por exorbitante que parezca la autoridad del Poder Ejecutivo de Inglaterra, quizás no es excesiva en la República de Venezuela. Aquí el Congreso ha ligado las manos y hasta la cabeza a los magistrados. Este cuerpo deliberante ha asumido una parte de las funciones ejecutivas contra la máxima de Montesquieu, que dice que un Cuerpo Representante no debe tomar ninguna resolución activa: debe hacer leyes y ver si se ejecutan las que hace. Nada es tan contrario a la armonía entre los poderes, como su mezcla. Nada es tan peligroso con respecto al pueblo, como la debilidad del Ejecutivo, y si en un reino se ha juzgado necesario concederle tantas facultades, en una república, son éstas infinitamente más indispensables.

Fijemos nuestra atención sobre esta diferencia y hallaremos que el equilibrio de los poderes debe distribuirse de dos modos. En las repúblicas el Ejecutivo debe ser el más fuerte, porque todo conspira contra él; en tanto que en las monarquías el más fuerte debe ser el Legislativo, porque todo conspira en favor del monarca. La veneración que profesan los pueblos a la magistratura real es un prestigio, que influye poderosamente a aumentar el respeto supersticioso que se tributa a esta autoridad. El esplendor del trono, de la corona, de la púrpura; el apoyo formidable que le presta la nobleza; las inmensas riquezas que generaciones enteras acumulan en una misma dinastía; la protección fraternal que recíprocamente reciben todos los reyes, son ventajas muy considerables que militan en favor de la autoridad real, y la hacen casi ilimitada. Estas mismas ventajas son, por consiguiente, las que deben con firmar la necesidad de atribuir a un magistrado republicano, una suma mayor de autoridad que la que posee un príncipe constitucional.

Un magistrado republicano, es un individuo aislado en medio de una sociedad, encargado de contener el ímpetu del pueblo hacia la licencia, la propensión de los jueces y administradores hacia el abuso de las leyes. Está sujeto inmediatamente al Cuerpo Legislativo, al Senado, al pueblo: es un hombre solo resistiendo el ataque combinado de las opiniones, de los intereses y de las pasiones del Estado social que, como dice Carnot, no hace más que luchar continuamente entre el deseo de dominar, y el deseo de substraerse a la dominación. Es, en fin, un atleta lanzado contra otra multitud de atletas.

Sólo puede servir de correctivo a esta debilidad, el vigor bien cimentado y más bien proporcionado a la resistencia que necesariamente le oponen al Poder Ejecutivo, el Legislativo, el Judiciario y el pueblo de una república. Si no se ponen al alcance del Ejecutivo todos los medios que una justa atribución le señala, cae inevitablemente en la nulidad o en su propio abuso; quiero decir, en la muerte del gobierno, cuyos herederos son la anarquía, la usurpación y la tiranía. Se quiere contener la autoridad ejecutiva con restricciones y trabas; nada es más justo; pero que se advierta que los lazos que se pretenden conservar se fortifican sí, mas no se estrechan.

Que se fortifique, pues, todo el sistema del gobierno, y que el equilibrio se establezca de modo que no se pierda, y de modo que no sea su propia delicadeza, una causa de decadencia. Por lo mismo que ninguna forma de gobierno es tan débil como la democracia, su estructura debe ser de la mayor solidez; y sus instituciones consultarse para la estabilidad. Si no es así, contemos con que se establece un ensayo de gobierno, y no un sistema permanente; contemos con una sociedad díscola, tumultuaria y anárquica y no con un establecimiento social donde tengan su imperio la felicidad, la paz y la justicia.

No seamos presuntuosos, legisladores; seamos moderados en nuestras pretensiones. No es probable conseguir lo que no ha logrado el género humano; lo que no han alcanzado las más grandes y sabias naciones. La libertad indefinida, la democracia absoluta, son los escollos adonde han ido a estrellarse todas las esperanzas republicanas. Echad una mirada sobre las repúblicas antiguas, sobre las repúblicas modernas, sobre las repúblicas nacientes; casi todas han pretendido establecerse absolutamente democráticas, y a casi todas se les han frustrado sus justas aspiraciones. Son laudables ciertamente hombres que anhelan por instituciones legítimas y por una perfección social; pero ¿quién ha dicho a los hombres que ya poseen toda la sabiduría, que ya practican toda la virtud, que exigen imperiosamente la liga del poder con la justicia? ¡Ángeles, no hombres, pueden únicamente existir libres, tranquilos y dichosos, ejerciendo todos la potestad soberana!

Ya disfruta el pueblo de Venezuela de los derechos que legítima y fácilmente puede gozar; moderemos ahora el ímpetu de las pretensiones excesivas que quizás le suscitaría la forma de un gobierno incompetente para él. Abandonemos las formas federales que no nos convienen; abandonemos el triunvirato del Poder Ejecutivo; y concentrándolo en un presidente, confiémosle la autoridad suficiente para que logre mantenerse luchando contra los inconvenientes anexos a nuestra reciente situación, al estado de guerra que sufrimos, y a la especie de los enemigos externos y domésticos, contra quienes tendremos largo tiempo que combatir. Que el Poder Legislativo se desprenda de las atribuciones que corresponden al Ejecutivo; y adquiera no obstante nueva consistencia, nueva influencia en el equilibrio de las autoridades. Que los tribunales sean reforzados por la estabilidad, y la independencia de los jueces; por el establecimiento de jurados; de códigos civiles y criminales que no sean dictados por la antigüedad, ni por reyes conquistadores, sino por la voz de la naturaleza, por el grito de la justicia y por el genio de la sabiduría.

Mi deseo es que todas las partes del gobierno y administración, adquieran el grado de vigor que únicamente puede mantener el equilibrio, no sólo entre los miembros que componen el gobierno, sino entre las diferentes fracciones de que se compone nuestra sociedad. Nada importaría que los resortes de un sistema político se relajasen por su debilidad, si esta relajación no arrastrase consigo la disolución del cuerpo social, y la ruina de los asociados. Los gritos del género humano en los campos de batalla, o en los campos tumultuarios claman al cielo contra los inconsiderados y ciegos legisladores, que han pensado que se pueden hacer impunemente ensayos de quiméricas instituciones. Todos los pueblos del mundo han pretendido la libertad; los unos por las armas, los otros por las leyes, pasando alternativamente de la anarquía al despotismo o del despotismo a la anarquía; muy pocos son los que se han contentado con pretensiones moderadas, constituyéndose de un modo conforme a sus medios, a su espíritu y a sus circunstancias.

No aspiremos a lo imposible, no sea que por elevarnos sobre la región de la libertad, descendamos a la región de la tiranía. De la libertad absoluta se desciende siempre al poder absoluto, y el medio entre estos dos términos es la suprema libertad social. Teorías abstractas son las que producen la perniciosa idea de una libertad ilimitada. Hagamos que la fuerza pública se contenga en los límites que la razón y el interés prescriben; que la voluntad nacional se contenga en los límites que un justo poder le señala; que una legislación civil y criminal análoga a nuestra actual Constitución domine imperiosamente sobre el poder judiciario, y entonces habrá un equilibrio, y no habrá el choque que embaraza la marcha del Estado, y no habrá esa complicación que traba, en vez de ligar la sociedad.

Para formar un gobierno estable se requiere la base de un espíritu nacional, que tenga por objeto una inclinación uniforme hacia dos puntos capitales: moderar la voluntad general, y limitar la autoridad pública. Los términos que fijan teóricamente estos dos puntos son de una difícil asignación, pero se puede concebir que la regla que debe dirigirlos, es la restricción, y la concentración recíproca a fin de que haya la menos frotación posible entre la voluntad y el poder legítimo. Esta ciencia se adquiere insensiblemente por la práctica y por el estudio. El progreso de las luces es el que ensancha el progreso de la práctica, y la rectitud del espíritu es la que ensancha el progreso de las luces.

EL amor a la patria, el amor a las leyes, el amor a los magistrados son las nobles pasiones que deben absorber exclusivamente el alma de un republicano. Los venezolanos aman la patria, pero no aman sus leyes; porque éstas han sido nocivas, y eran la fuente del mal; tampoco han podido amar a sus magistrados, porque eran inicuos, y los nuevos apenas son conocidos en la carrera en que han entrado. Si no hay un respeto sagrado por la patria, por las leyes y por las autoridades, la sociedad es una confusión, un abismo: es un conflicto singular de hombre a hombre, de cuerpo a cuerpo.

Para sacar de este caos nuestra naciente república, todas nuestras facultades morales no serán bastantes, si no fundimos la masa del pueblo en un todo; la composición del gobierno en un todo; la legislación en un todo, y el espíritu nacional en un todo. Unidad, unidad, unidad, debe ser nuestra divisa. La sangre de nuestros ciudadanos es diferente, mezclémosla para unirla; nuestra Constitución ha dividido los poderes, enlacémoslos para unirlos; nuestras leyes son funestas reliquias de todos los despotismos antiguos y modernos, que este edificio monstruoso se derribe, caiga y apartando hasta sus ruinas, elevemos un templo a la justicia; y bajo los auspicios de su santa inspiración dictemos un Código de leyes venezolanas. Si queremos consultar monumentos y modelos de legislación, la Gran Bretaña, la Francia, la América septentrional los ofrecen admirables.

La educación popular debe ser el cuidado primogénito del amor paternal del Congreso. Moral y luces son los polos de una república; moral y luces son nuestras primeras necesidades. Tomemos de Atenas su areópago, y los guardianes de las costumbres y de las leyes; tomemos de Roma sus censores y sus tribunales domésticos; y haciendo una santa alianza de estas instituciones morales, renovemos en el mundo la idea de un pueblo que no se contenta con ser libre y fuerte, sino que quiere ser virtuoso. Tomemos de Esparta sus austeros establecimientos, y formando de estos tres manantiales una fuente de virtud, demos a nuestra República una cuarta potestad cuyo dominio sea la infancia y el corazón de los hombres, el espíritu público, las buenas costumbres y la moral republicana. Constituyamos este areópago para que vele sobre la educación de los niños, sobre la instrucción nacional; para que purifique lo que se haya corrompido en la República; que acuse la ingratitud, el egoísmo, la frialdad del amor a la patria, el ocio, la negligencia de los ciudadanos; que juzgue de los principios de corrupción, de los ejemplos perniciosos; debiendo corregir las costumbres con penas morales, como las leyes castigan los delitos con penas aflictivas, y no solamente lo que choca contra ellas, sino lo que las burla; no solamente lo que las ataca, sino lo que las debilita; no solamente lo que viola la Constitución, sino lo que viola el respeto público. La jurisdicción de este tribunal verdaderamente santo, deberá ser efectiva con respecto a la educación y a la instrucción, y de opinión solamente en las penas y castigos. Pero sus anales, o registros donde se consignan sus actas y deliberaciones; los principios morales y las acciones de los ciudadanos, serán los libros de la virtud y del vicio. Libros que consultará el pueblo para sus elecciones, los magistrados para sus resoluciones, y los jueces para sus juicios. Una institución semejante que más que parezca quimérica, es infinitamente más realizable que otras que algunos legisladores antiguos y modernos han establecido con menos utilidad del género humano.

¡Legisladores! Por el proyecto de Constitución que reverentemente someto a vuestra sabiduría, observaréis el espíritu que lo ha dictado. Al proponeros la división de los ciudadanos en activos y pasivos, he pretendido excitar la prosperidad nacional por las dos más grandes palancas de la industria, el trabajo y el saber. Estimulando estos dos poderosos resortes de la sociedad, se alcanza lo más difícil entre los hombres, hacerlos honrados y felices. Poniendo restricciones justas y prudentes en las asambleas primarias y electorales, ponemos el primer dique a la licencia popular, evitando la concurrencia tumultuaria y ciega que en todos tiempos han imprimido el desacierto en las elecciones y ha ligado, por consiguiente, el desacierto a los magistrados, y a la marcha del gobierno; pues este acto primordial, es el acto generativo de la libertad o de la esclavitud de un pueblo.

Aumentando en la balanza de los poderes el peso del Congreso por el número de los legisladores y por la naturaleza del Senado, he procurado darle una base fija a este primer cuerpo de la nación y revestirlo de una consideración importantísima para el éxito de sus funciones soberanas.

Separando con límites bien señalados la jurisdicción ejecutiva, de la jurisdicción legislativa, no me he propuesto dividir sino enlazar con los vínculos de la armonía que nace de la independencia, estas potestades supremas cuyo choque prolongado jamás ha dejado de aterrar a uno de los contendientes. Cuando deseo atribuir al Ejecutivo una suma de facultades superior a la que antes gozaba, no he deseado autorizar un déspota para que tiranice la República, sino impedir que el despotismo deliberante no sea la causa inmediata de un círculo de vicisitudes despóticas en que alternativamente la anarquía sea reemplazada por la oligarquía y por la monocracia. Al pedir la estabilidad de los jueces, la creación de jurados y un nuevo código, he pedido al Congreso la garantía de la libertad civil, la más preciosa, la más justa, la más necesaria. En una palabra, la única libertad, pues que sin ella las demás son nulas. He pedido la corrección de los más lamentables abusos que sufre nuestra judicatura, por su origen vicioso de ese piélago de legislación española que semejante al tiempo recoge de todas las edades y de todos los hombres, así las obras de la demencia como las del talento, así las producciones sensatas, como las extravagantes, así los monumentos del ingenio, como los del capricho. Esta enciclopedia judiciaria, monstruo de diez mil cabezas, que hasta ahora ha sido el azote de los pueblos españoles, es el suplicio más refinado que la cólera del cielo ha permitido descargar sobre este desdichado Imperio.

Meditando sobre el modo efectivo de regenerar el carácter y las costumbres que la tiranía y la guerra nos han dado, me he sentido la audacia de inventar un poder moral, sacado del fondo de la oscura antigüedad, y de aquellas olvidadas leyes que mantuvieron, algún tiempo, la virtud entre los griegos y romanos. Bien puede ser tenido por un cándido delirio, mas no es imposible, y yo me lisonjeo que no desdeñaréis enteramente un pensamiento que mejorado por la experiencia y las luces, puede llegar a ser muy eficaz.

Horrorizado de la divergencia que ha reinado y debe reinar entre nosotros por el espíritu sutil que caracteriza al Gobierno federativo, he sido arrastrado a rogaros para que adoptéis el centralismo y la reunión de todos los Estados de Venezuela en una República sola e indivisible. Esta medida, en mi opinión, urgente, vital, redentora, es de tal naturaleza que, sin ella, el fruto de nuestra regeneración será la muerte.

Mi deber es, legisladores, presentaros un cuadro prolijo y fiel de mi administración política, civil y militar, mas sería cansar demasiado vuestra importante atención y privaros en este momento de un tiempo tan precioso como urgente. En consecuencia, los secretarios de Estado darán cuenta al Congreso de sus diferentes Departamentos exhibiendo al mismo tiempo los documentos y archivos que servirán de ilustración para tomar un exacto conocimiento del estado real y positivo de la República.

Yo no os hablaría de los actos más notables de mi mando si éstos no incumbiesen a la mayoría de los venezolanos. Se trata, señor, de las resoluciones más importantes de este último período.

La atroz e impía esclavitud cubría con su negro manto la tierra de Venezuela, y nuestro cielo se hallaba recargado de tempestuosas nubes, que amenazaban un diluvio de fuego. Yo imploré la protección del Dios de la humanidad, y luego la redención disipó las tempestades. La esclavitud rompió sus grillos, y Venezuela se ha visto rodeada de nuevos hijos, de hijos agradecidos que han convertido los instrumentos de su cautiverio en armas de libertad. Sí, los que antes eran esclavos, ya son libres; los que antes eran enemigos de una madrastra, ya son defensores de una patria. Encareceros la justicia, la necesidad y la beneficencia de esta medida, es superfluo cuando vosotros sabéis la historia de los ilotas, de Espartaco y de Haití; cuando vosotros sabéis que no se puede ser libre y esclavo a la vez, sino violando a la vez las leyes naturales, las leyes políticas y las leyes civiles. Yo abandono a vuestra soberana decisión la reforma o la revocación de todos mis estatutos y decretos; pero yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República.

Representaros la historia militar de Venezuela sería recordaros la historia del heroísmo republicano entre los antiguos; sería deciros que Venezuela ha entrado en el gran cuadro de los sacrificios hechos sobre el altar de la libertad. Nada ha podido llenar los nobles pechos de nuestros generosos guerreros, sino los honores sublimes que se tributan a los bienhechores del género humano. No combatiendo por el poder, ni por la fortuna, ni aun por la gloria, sino tan sólo por la libertad, títulos de libertadores de la República, son sus dignos galardones. Yo, pues, fundando una sociedad sagrada con estos ínclitos varones, he instituido el orden de los Libertadores de Venezuela. ¡Legisladores! A vosotros pertenecen las facultades de conocer honores y decoraciones, vuestro es el deber de ejercer este acto augusto de la gratitud nacional.

Hombres que se han desprendido de todos los goces, de todos los bienes que antes poseían, como el producto de su virtud y talentosos hombres que han experimentado cuanto es cruel en una guerra honrosa, padeciendo las privaciones más dolorosas, y los tormentos más acerbos, hombres tan beneméritos de la patria, han debido llamar la atención del gobierno. En consecuencia he mandado recompensarlos con los bienes de la nación. Si he contraído para con el pueblo alguna especie de mérito, pido a sus representantes oigan mi súplica como el premio de mis débiles servicios. Que el Congreso ordene la distribución de los bienes nacionales, conforme a la ley que a nombre de la República he decretado a beneficio de los militares venezolanos.

Ya que por infinitos triunfos hemos logrado anonadar las huestes españolas, desesperada la Corte de Madrid ha pretendido sorprender vanamente la conciencia de los magnánimos soberanos que acaban de extirpar la usurpación y la tiranía en Europa, y deben ser los protectores de la legitimidad y de la justicia de la causa americana. Incapaz de alcanzar con sus armas nuestra sumisión, recurre España a su política insidiosa; no pudiendo vencernos, ha querido emplear sus artes suspicaces. Fernando se ha humillado hasta confesar que ha menester de la protección extranjera para retornarnos a su ignominioso yugo, ¡a un yugo que todo poder es nulo para imponerlo! Convencida Venezuela de poseer las fuerzas suficientes para repeler a sus opresores, ha pronunciado, por el órgano del gobierno, su última voluntad de combatir hasta expirar, por defender su vida política, no sólo contra España, sino contra todos los hombres, si todos los hombres se hubiesen degradado tanto, que abrazasen la defensa de un gobierno devorador, cuyos únicos móviles son una espada exterminadora y las llamas de la Inquisición. Un gobierno que ya no quiere dominios, sino desiertos; ciudades, sino ruinas; vasallos, sino tumbas. La declaración de la República de Venezuela es el Acta más gloriosa, más heroica, más digna de un pueblo libre; es la que con mayor satisfacción tengo el honor de ofrecer al Congreso ya sancionada por la expresión unánime del pueblo de Venezuela.

Desde la segunda época de la República nuestro ejército carecía de elementos militares, siempre ha estado desarmado; siempre le han faltado municiones; siempre ha estado mal equipado. Ahora los soldados defensores de la independencia no solamente están armados de la justicia, sino también de la fuerza. Nuestras tropas pueden medirse con las más selectas de Europa, ya que no hay desigualdad en los medios destructores. Tan grandes ventajas las debemos a la liberalidad sin límites de algunos generosos extranjeros que han visto gemir la humanidad y sucumbir la causa de la razón, y no la han visto tranquilos espectadores, sino que han volado con sus protectores auxilios, y han prestado a la República cuanto ella necesitaba para hacer triunfar sus principios filantrópicos. Estos amigos de la humanidad son los genios custodios de América, y a ellos somos deudores de un eterno reconocimiento, como igualmente de un cumplimiento religioso, a las sagradas obligaciones que con ellos hemos contraído. La deuda nacional, legisladores, es el depósito de la fe, del honor y de la gratitud de Venezuela. Respetadla como la Arca Santa, que encierra no tanto los derechos de nuestros bienhechores, cuanto la gloria de nuestra fidelidad. Perezcamos primero que quebrantar un empeño que ha salvado la patria y la vida de sus hijos.

La reunión de Nueva Granada y Venezuela en un grande Estado ha sido el voto uniforme de los pueblos y gobiernos de estas Repúblicas. La suerte de la guerra ha verificado este enlace tan anhelado por todos los colombianos; de hecho estamos incorporados. Estos pueblos hermanos ya os han confiado sus intereses, sus derechos, sus destinos. Al contemplar la reunión de esta inmensa comarca, mi alma se remonta a la eminencia que exige la perspectiva colosal, que ofrece un cuadro tan asombroso. Volando por entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos futuros, y observando desde allá, con admiración y pasmo, la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta vasta región, me siendo arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo, extendiéndose sobre sus dilatadas costas, entre esos océanos, que la naturaleza había separado, y que nuestra patria reúne con prolongados y anchurosos canales. Ya la veo servir de lazo, de centro, de emporio a la familia humana; ya la veo enviando a todos los recintos de la tierra los tesoros que abrigan sus montañas de plata y de oro; ya la veo distribuyendo por sus divinas plantas la salud y la vida a los hombres dolientes del antiguo universo; ya la veo comunicando sus preciosos secretos a los sabios que ignoran cuan superior es la suma de las luces, a la suma de las riquezas, que le ha prodigado la naturaleza. Ya la veo sentada sobre el trono de la libertad, empuñando el cetro de la justicia, coronada por la gloria, mostrar al mundo antiguo la majestad del mundo moderno.

Dignaos, legisladores, acoger con indulgencias la profesión de mi conciencia política, los últimos votos de mi corazón y los ruegos fervorosos que a nombre del pueblo me atrevo a dirigiros. Dignaos conceder a Venezuela un Gobierno eminentemente popular, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene la opresión, la anarquía y la culpa. Un Gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz. Un Gobierno que haga triunfar bajo el imperio de leyes inexorables, la igualdad y la libertad.

Señor, empezad vuestras funciones; yo he terminado las mías.

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